Sentirse afortunado

Adoro ir a eventos culturales. Aún con todos los contratiempos que conllevan: errores técnicos, posturas de egos rotos, presiones infantiles, marcas comerciales endebles, lineas de pensamiento finitas, resistencia moderada a la moral, etc. Son el último paso, comercial, de la creación o la imbecilidad. O ambas.

Y, como mínimo, una fuente de vergüenza ajena de insospechada utilidad. Siempre acaba en un discurso de la montaña cuando volviendo al hogar estás al borde de la histeria, riéndote o no, de lo que acabas de presenciar. Tus amigos, acostumbrados a que poseas un semblante calmado y generalmente civilizado, ponen caras de extrañeza y pánico. Alguna risa nerviosa. La adrenalina decae, las ideas permanecen. Nadie muere. Todo va bien.

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