El Estado de Excepción

Escucho palabras sobre guerras ficticias camino al norte. El último vagón aún está limpio a estas horas. Contándome hay diez personas en este vagón, siendo un obrero sudamericano que cabecea semiconsciente y una adolescente disgustada el más cercano y más lejano respectivamente. Pasamos una estación blanca, punto habitual de paradas y esperas, cuando una mendiga de Europa del Este reparte papeles explicando su situación. Algunos de los pasajeros analizan el papel como si fuese algo novedoso e inexplorado. Entonces pienso en las consecuencias que podrían ocasionar en mis pies un uso continuado de sandalias. Y recuerdo las botas nuevas de invierno que me probé el día anterior. De piel y a medida. Más severas y funcionales que las anteriores. La costumbre de llevar calzado pesado en épocas no veraniegas empezó como afición inesperada un par de años atrás. El peso refuerza el paso, y en una persona como yo de piernas largas e incapacidad manifiesta para quedarme quieto (hasta que decido lo contrario) es una ventaja clave. El vestuario nunca ha sido un tema importante, salvo a la hora de comprarlo. Llevarlo es lo fácil, elegirlo no. El negro es fundamental. Básico y fácil. Como la brea, no deja mucho lugar a la inventiva. Pero es seguro. Hablando de seguridad, me pregunto la magnitud de la calma y el espíritu de equipo en caso de accidente y evacuación del tren. Recuerdo, con una mueca de desconformidad, el pequeño incidente que llevó a pasajeros apresurados desbloquear las puertas de un tren detenido y caminar por las vías en la oscuridad. Intento asegurarme de que sus propósitos manifiestos para correr tanto y tan rápido eran proporcionales a la majadería del tal acto, pero en la metrópoli nunca se sabe. Atravesamos la conexión con dos líneas que coinciden bajo un anteriormente soportable punto de reunión en la Noche mientras que los altavoces nos recuerdan los cortes existentes. El primer verano que trabajé hubo circos similares, siendo inevitables las quejas persistentes hasta pasado el otoño y, sin embargo, tuvieron respuesta parcialmente efectiva con los búhometros. Ya desaparecidos. El cri-cri de las pulsaciones insistentes en los botones de apertura de puertas me recuerda la desaparecida habilidad de distinguir señales luminosas de algunos pasajeros. Me pregunto cuánto costará anualmente el canal de información y propaganda del gobierno local establecido en gran cantidad de estaciones y algunas líneas de trenes. Me pregunto de qué manera su eliminación inmediata podría beneficiar a la plantilla y sus retribuciones mensuales. Llegado a mi primera parada, salgo deprisa y cojo el ascensor que se llena en sus tres cuartas partes. Soy el más alto, situación usual pero ni deseada ni indeseada. Saliendo al exterior el calor me golpea y la visión de una estatua ecuestre recientemente repintada me ciega por su brillo plateado. Está a la espera de volver a ser vandalizada. Como otras tantas estatuas, y por asociación gran parte del callejero y/u otros monumentos, es víctima periódica del entusiasmo infantil de quienes honran a la metrópoli destruyendola. Como Daoíz y Velarde en Dos de Mayo. Como la ausencia creciente de un concepto histórico de la ciudad salvo para situar qué establecimiento hay a cuáles precios. Ideas recogidas con pesadumbre, aceptadas con optimismo llegado a la misma conclusión: hay gente para todo. La diferencia entre la sala principal del edificio al que me dirijo y el exterior es de 15 grados. Durante la consulta contengo la respiración durante minutos y observo, mitad aliviado y mitad decepcionado, como la extracción de puntos de sutura no produce dolor alguno. No hay sangre ni caos. Mierda, he olvidado traer una hoja que debía fotocopiar. Mierda, la copistería que pensaba usar está cerrada por merecidas vacaciones. Meh, haré una copia al llegar a casa y la imprimiré mañana. Es una simple tabla de pocas columnas. Al salir de la consulta grabo planos recurso que colgaré editados más tarde. Una nueva costumbre que durará lo que acabe durando. Salvo la inflamación, la mandíbula recupera la normalidad. Una canción propia de una escena de acción suena en mitad de un aburrido trayecto de vuelta animado sólo por los gritos de un adolescente medio borracho y la entrada en Príncipe Pío. Frente a mí alguien lee un panfleto con el título “La donación de médula ósea. Progenitores hematopoyéticos” apareciendo en su contraportada “Solidarios hasta la médula”. La canción pega una subida considerable en su clímax y después muere a mitad se ruta. El botón de aleatorio presente y pulsado, pasando canciones que ahora mismo no valen nada por venir tras una tan intensa. Leyendo ayer, en un arranque bastante impropio e inesperado, el DSM-V me encuentro con el Trastorno Histriónico de la Personalidad y al recordar ahora sus síntomas no paro de reírme internamente y sonreír externamente. De seguir el curso de la historia como hasta ahora no dudaría en que dentro de pocos años se convirtiera en el nuevo comodín del diagnóstico. Cuántas personas, extrañas o cercanas, buenas o malas, héroes o villanos, dignos y malditos caen bajo su estupor fácil. El ser espectador puede prever una vida de seguridad y diversión poe vergüenza y humillaciones ajenas, pero es la vía segura. ¿Es esto real?. ¿Pretende serlo?. Y, en caso afirmativo, ¿con qué propósito?. ¿Cuál es el gran plan presente ahora y el fin a conseguir más tarde?. ¿Importa?. ¿Alguien velará por ellos en nuestro nombre?. Dios, no. Como la locura o el arrepentimiento, los grandes logros se sobrellevan mejor si loa gestiona y asimila su principal causante/beneficiario. Y añado una tilde en “Dios no” antes de escribir esta frase. Semántica presente en tiempos de verborrea pseudoexistencialista. Y después qué. Hay un personaje de ficción sociopático promocionando el Orgullo en nombre de una compañía de entretenimiento audiovisual extranjera. Curiosa elección para tal noble propósito. Similar al que tendría Ikea usando a Ted Bundy. A saber. Llego a casa caminando por las sombras que hay a esta hora. Fumo un último cigarro por el momento. Traspaso este texto a otro soporte y escribo con todos mis dedos. Cuando eres capaz de hablar y mirar en cualquier dirección que no sea la pantalla o tus manos sabes que eres rápido. Y me pregunto mientras escucho una heroica vacía qué instrumento, o instrumentos, podría aprender a tocar con más facilidad partiendo de estas habilidades iniciales. Pregunto a dos conocedores, ambos con estudios que prueban su dominio y entrega al medio auditivo. Uno técnico con alma de poeta, el otro más práctico y caótico. Y espero respuesta. Ahora sólo queda reclinar el ruidoso sillón y terminar de maquetar esta miríada de pensamientos al azar. Albión ve con perplejidad a un anterior Primer Ministro esquivando graves acusaciones. Si hay suerte pasará el resto de sus días en la infamia. Este breve paseo al estado de excepción perpetuo que entiendo como mi psique. Al menos en días como hoy. No debe tenerse tan en consideración como cualquier otra cosa que diga. Y lo publico tal cual. Sin corregir ni revisar. No como valor añadido en búsqueda de ninguna provocación ni declaración de estilo, sino como circunstancia. Ha sido divertido. Quizá repita.

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