En consideración

Cada año hay un par de eventos deportivos que centran la atención de todos. Ya sea por la excitación y admiración más primaria (y en ocasiones tan pirotécnica a la par de estúpida) como por el puro odio visceral desde fuera. El segundo es un proceso fascinante que surge de una postura bien simple: la cultura está dividida en estratos, y quien lo dispone coloca en cada uno de ellos (según valor y/o importancia personales) todo aquello que percibe como estímulo, rechaza como la plaga, y realiza con fe y fidelidad.

Lo que yo quiero es mejor que lo tuyo, punto. O eso sueñan.

Esto nos lleva a la conclusión lógica de desacreditar y vapulear, sin más argumentos que “esta es mi decisión, por lo tanto es correcta e indiscutible”, no al deporte; sino al fútbol. Aún en la derrota o la victoria. La virulencia, procedencia, y estructuración de dichas muestras de disconformidad son fascinantes y enternecedoras.

Recuerdo comentarios allá por el verano de 2010 asegurando que los triunfos que estaba teniendo la selección española eran vacíos y que no iban a solucionar ninguna de las dificultades socioeconómicas. Incluso cierto, este errático argumento tira de simplismo al catalogar al fútbol como blanco principal. Sea dicho cuanto: el deporte es un excelente método de entretenimiento desarrollado en el hábito personal, y un mayúsculo negocio exportado a nivel transnacional y regurgitado a cualquier rama de mercadotecnia. Sea cual sea.

Si hablamos de fútbol es por la pura idiosincrasia de nuestro país y la herencia/influencia cultural de quienes nos rodean. En otras partes del mundo nuestras preferencias habrían sido muy diferentes. No he sido capaz de hallar nunca en mi vida una relación directa entre el deporte y el progreso grupal de la especie humana. No al menos fuera de algunas investigaciones de carácter médico, o eventuales subidas económicas insignificantes en el gran esquema de las cosas. Dicho esto, queda obviar que el papel de los lobbies e instituciones que imperan esta disciplina quedan muy lejos de estar inmaculadas. Como nuestro gobierno. Como nuestras mentes.

Si bien las causas de tanto desprecio son peregrinas, suelen agruparse en pocas frases ejemplares: 1) qué vergüenza, prestar atención a esto y no a los problemas reales que tenemos. 2) mira qué subnormales, armando ruido y gritando. 3) me están molestando, no me gusta. Una breve observación evidencia que los argumentos aumentan en cuanto lo infantiles que son según avanza el listado. Y no negaré que un efusivo extremismo puede ser a veces cargante. Sobre todo en momentos de cansancio/irritabilidad y/o al manifestarse por temas que no nos interesan. Pero, salvo en los muertos, es una cualidad universal humana.

Desde hace tiempo suelo guardarme en público ciertos juicios apresurados y conceder un lapso de tiempo para observar y entender a aquellos que rápido lanzan odio. Un clásico mecanismo de paciencia y expectación, que pretende ver qué tienen que ofrecer en contrapartida dichas personas ofendidas y hastiadas. La respuesta suele ser un incontestable una puta mierda.

Me explico: las mismas prácticas de insistencia y efusividad son llevadas a cabo por casi todos los individuos, sin distinción de preferencias culturales. El sonsonete, la previsibilidad y la persistencia son leyes irrevocables. Y la misma sonrisa burlesca y humillable se expresa en nombre de otros dioses de importe definido e IVA incluido. Este escenario se convierte en una adorable macedonia de cómo hacer las cosas mal mientras que en otras ocasiones se critican mentalidades ajenas retrógradas y/o, Dios nos perdone, con opiniones opuestas o diferentes.

Porque en el mundo donde tantos gritan libertad, no hay peor demonio para tantos que otros ejerciéndola bajo sus propios criterios. Y no los de los pretendidos libertadores.

En el instante que la gente da el coñazo es así: lo obvio reluce y es que todos lo hacemos. Todos. No veo ninguna diferencia entre un tipo que cuelga fotos al borde del coma etílico con una camiseta de la selección y un pobre diablo que habla de series/películas/una moda nostálgica (80s-90s sobre todo) que a la mayoría le importa una puta mierda y cuyo mayor éxito a todos los niveles ha sido persistir en la memoria colectiva a través de mercadotecnia más una alarmante mentalidad nostálgica (es decir: de anclaje y estatismo intelectual) y no méritos artísticos/memes/movimientos sociales actuales/desviaciones sexuales legales y/o sus posibles ramificaciones/política/música/spam de la creación cultural semanal a espera de la igualmente olvidable de la semana siguiente/insistencia y repetición en exhibir cualidades físicas en búsqueda de aprobación (con o sin superficialidad inherente)/insistencia y repetición en mostrar evidencias de placenteras/estables/importantes tareas laborales desempeñadas/incongruencias por demagogia y mentalidad reduccionista/crímenes (por lo general los más abundantes son también los más inanes)/ e incluso otros deportes. Quiero decir, qué coño, cuelgo tantas chorradas y reiteraciones discordantes (incluido el presente escrito) como cualquier otro. Lo que unos consideran prioridades perfecta y comprensiblemente se pueden convertir en estupideces.

Consecuencia directa de una diversidad de criterios, preferencias y opiniones que suele dar escalofríos a los más desprevenidos. O sociópatas.

O ambos.

Intento no vivir para decir qué es cuál. O, al menos, dejar claro que siguen siendo opiniones y no postulados absolutos. Tendentes a la subversión, corrección y reestructuración llegado el momento. Y digo dar el coñazo, pero hasta el momento en el que no satura y agobia es estimulante ver el entusiasmo y esfuerzo que muchas personas dan día a día a lo que creen importante. O lo mezquino de asomarse tras una puerta que no existe y soltar medias frases de odio y risa un segundo, para publicar confesiones personales fácilmente convertibles en munición que usar de manera quirúrgica a conveniencia. Cuando más se expongan de manera infantil e/o imprudente. Estos momentos de flaqueza son tan perceptibles desde fuera que producen terror cuando, recordando todo el proceso previo que ha llevado a esto, nos damos cuenta de que quien lo está llevando a cabo es una persona cabal.

O eso pienso a veces. Más aún al olvidar como un inocente que esto transforma a todos los invitados. No a perpetuidad, pero sí en algunas ocasiones hasta lo risible.

En mi experiencia desde hace ya años es muy divertido callar y hablar en el momento estrictamente necesario. Salvo el burlesco “maldita libertad de expresión/maldito libre albedrío”, expresiones más que queridas por su ambigüedad y certeza, callar y percibir. Benditos los que callan a perpetuidad, porque estos esfuerzos se prueban difíciles desde un principio por la perpetua curiosidad. Incluso disfuncional, un servidor nunca dejará de valorar su naturaleza de animal social.

Observar los castillos falibles de otros. Afianzarse en la realidad percibiendo los cambios inexistentes. Los ciclos perpetuos. Los arquetipos que se repiten año tras año. Por ejemplo: recientemente retomé Twitter tras tres años, y los personajes que lo pueblan siguen siendo los mismos. Algunos han desaparecido. Otros han perdido su encanto. La gran mayoría ha envejecido mal. Algún día hablaré de ellos, por qué no.

Y yo, ahí, observando. Para qué y cómo, a saber.

¿Importa?

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