La gran ofensa

[…]desmedido ataque a Álvaro Carvajal. El Mundo.

Los ataques a la labor periodística y las alusiones personales. República.

Ante tres centenares de estudiantes, Iglesias ha explicado que en su opinión el éxito de Podemos tiene que ver en parte, no con los planteamientos políticos, sino en elementos irracionales y pasionales. “Podemos funciona porque es sexi”, ha llegado a argumentar. Eldiario.es

No es la primera vez que Pablo Iglesias se mofa de un periodista en un acto público, incluso de su vestimenta o de su aspecto, y así ocurrió en enero en una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados con Ana Romero, veterana informadora hoy en las filas de «El Español». «Precioso abrigo de pieles el que trae usted», le soltó el podemita. La Razón.

Este jueves ha lanzado una crítica a la prensa, pretendidamente socarrona, en el acto de presentación de En defensa del populismo, de Carlos Fernández Liria, en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. El País.

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Antes de empezar el siguiente texto quiero dejar bien claro que estoy a favor de la libertad de expresión. Este apoyo a un derecho, aún no establecido con propiedad en nuestro país, pasa por la honesta aceptación de que se produzcan situaciones incómodas como esta. Siendo, al mismo tiempo, posible la valoración de situaciones así con la categoría de incómodas al tratarse de otra forma de expresión. Sin dar coba a los múltiples grupos informativos que hoy están reiterando este tema de forma insistente como la gran ofensa, deseo recalcar que si a estas alturas aún seguimos con la visión parcial e interesada de dichos derechos fundamentales la situación no va a mejorar. Asimismo, deberían ser inherentes al propio ser y excluyentes de cualquier represalia legal los derechos fundamentales de expresar con libertad opiniones e ideas sin intervención gubernamental en la medida de lo posible. Incluyan, o no, insultos.

La libertad no lleva etiquetas, fecha de manufacturado, distribución, ni fecha de caducidad. No es una receta que pueda adulterarse ni una fórmula matemática que no pueda alterarse. Es un ideal arriesgado del que a estas alturas de nuestro progreso poseemos suficiente quorum literario para, como mínimo, saber algo bien simple: 1. Que su búsqueda es en muchas ocasiones difícil, pero no imposible, por la cantidad de humos y espejos que hay en el camino; 2. Que su mejora es eterna, de la misma manera que el aprendizaje nunca termina; 3. Y que, como muchas cosas que traen felicidad e independencia, puede llegar a conllevar un terrible sufrimiento (en nosotros mismos y/o en otros).

También recordar que los políticos no son seres humanos, pero esto no les condena a carecer de herramientas de expresión y comunicación como hemos visto en multitud de ocasiones en otras especies de este planeta. Pensantes o no. Los medios, a veces con una sincronía en cuanto a objetivos, motivaciones y métodos con una mezcla mutante entre un empleado de un matadero, un químico simpatizante del sufrimiento ajeno, y el Comité de Salvación Pública, tienden a ofenderse. Sin darse cuenta de su propio papel. Sin pretender saber que algunos nos damos cuenta de su propio papel. De las visibles estrategias. De la esquizofrenia informativa que se manifiesta en cambios de ritmo, en pasar de un triple asesinato a noticias disfrazadas de anuncios. ¿O era al contrario?

Que aún seguimos viviendo en el siglo XX, donde el público no tiene alternativas ni iniciativa para buscar otras fuentes, o eso piensan. Que, devaluados los informativos como principal fuerza de influencia política del país, persiste una conversión en caricatura de carácter irreversible de los programas de tertulia y debate.

Les das un hecho, lo venden. Lo transforman, diseccionan y edulcoran. Lo explotan, repiten y prostituyen. Ver estos programas, salvo en casos de extraña pulsión sadomasoquista y/o mecánicas de recogida de documentación para divulgar mensajes informativos/moralizantes como este (siendo en mi caso el recurso sadomaso, o eso quiero pensar viendo mi reincidencia y necesidad de chutes de esta vergüenza y mi irresistible pulsión hacia lo deshonroso que estos asuntos conllevan), es muerte en vida. Si se toman en serio, claro. Quizá me esté tomando, de nuevo, el asunto con más solemnidad de la merecida. Es básico si se llega a la calma: según el medio, la noticia parece sacada de una dimensión paralela u otra. El posicionamiento ideológico es inevitable. Y lo triste es la inherente simplificación de la realidad, la hipocresía de las proclamas por la libertad de expresión siendo ellos copartícipes del gran engaño. De distracciones y escándalos artificiales y prescindibles. De polemizar e hiperbolizar en lugar de mostrar de manera objetiva. No es imposible, es plausible.

Si los políticos no son seres humanos, esta actitud de los medios de comunicación se asemeja más a una enfermedad cuya cura aún está por investigar. A veces cruel, a veces irreversible. Siempre innecesaria.

Por otra parte, la audiencia. La estimación, nunca justificada racionalmente, de que la prensa que obedezca a unos intereses partidistas que coincidan con el lector de esta valida su calidad. Ser de derechas y, por lo tanto, considerar a La Razón (por ejemplo) como un gran ejemplo de calidad periodística únicamente por concordar en ideas y fundamentos políticos es estúpido. Ser de izquierdas y estar en la misma situación sustituyendo dicha publicación por otra como El Diario (por ejemplo) entra dentro de la misma categoría de estupidez.

Al otro lado del conflicto, está el combatiente eterno. Qué decir sobre esta persona. Sobre su postura. Y por qué.

En primer lugar, es el mundo universitario, donde el escenario más probable de encontrar es endogamia. Esto es un fenómeno social, económico y cultural en el que individuos al borde de la pérdida de sus facultades (la primera de ellas el pensamiento independiente) deciden de manera metafórica (en ocasiones literal) comerse las pollas entre ellos con el objetivo de formar una comunidad cerrada en la que puedan sentirse protegidos. Los principales límites de dicha comunidad se establecen en el encumbramiento de una figura de autoridad fácilmente identificable, indisputable, irresoluble, imprescindible, y casi siempre en una posición de clara y evidente ventaja intelectual/social/ambas. Bajo un sistema de ideas rígido, sometido a los criterios de la figura de autoridad, ideas antes teóricas y difícilmente aplicables se convierten en ley. Cualquier disertación y/o separación de estas ideas convierte a los disidentes en enemigos del líder, el grupo, y la iniciativa. Y ni siquiera tiene porque producirse una desconexión ideológica: basta con mezclar el componente personal y disfrazarlo de excusa ideológica para señalar, discriminar y desechar a dichos individuos disidentes.

Y si esto suena increíblemente dramático, sugiero hacer un ejercicio de penitencia y valor: mirar el video de la presentación entero sin reírse tanto de las caras de los que acompañan a Iglesias Turrión, especialmente al tipo con gafas que parece estar al borde de la pontificación impuesta hacia este, como de la inocente (espero) ocurrencia de intervenir de algunas personas en la tanda de preguntas siendo amigos/conocidos de los conferenciantes. No tiene más reseña que lo escrito en la frase anterior, ni supone un gran crimen contra nadie ni nada. Sólo es una muestra más del peculiar funcionamiento de muchas mecánicas sociales y prácticas universales como la coherencia y la honestidad en la universidad. De cómo barrer dentro jamás va a tener tanta utilidad como en este contexto. Y de recordar que cuando las voces se unen y dicen lo mismo, punto por punto, palabra por palabra, y por los siglos de los siglos el debate y las libertades individuales de desvanecen. El progreso se estanca, el sectarismo empieza. Y ya son tantos años viendo los mismos desmanes que ninguna importancia se le puede dar en este punto.

Si alguien en la actualidad considera que el entorno universitario es un crisol intelectual pletórico y tolerante similar a la Escuela de Filosofía, le recomiendo encarecidamente que tenga una mera conversación (no discusión) con estudiantes de cualquier facultad sobre política, cultura, arte, legislación, religión, o cualquier disciplina considerada básica no sólo para establecer un mínimo de entendimiento de nuestra sociedad actual, sino para cimentar las bases de la convivencia. Cuando Pablo Iglesias Turrión refuerza la idea de que “está en la Universidad” lo que imagino es el peor contexto posible para dar cabida a ideas heterodoxas. En su búsqueda de rebeldía con el orden establecido en el mundo real, el entorno universitario ha subvertido el orden y convertido ideas más que plausibles, aunque ejecutadas de las maneras más peregrinas posibles, en leyes y dogmas. Desde ese chiste que dejó de tener gracia allá por 2009 del lenguaje inclusiv@ hasta la acción política social por el pueblo, para el pueblo, sin el pueblo.

Si alguien pretende presentarme, y demostrarme, la idea de que la Universidad es un entorno rico en ideas y objetivos y no una prolongación insoportablemente pretenciosa del clima polarizado, en ocasiones recesivo e intrusivo del mundo real, es libre de intentarlo aquí. Personalmente, fui lo suficientemente inteligente de tomarme la universidad con la seriedad que merece. En lugar de estar implicado en iniciativas políticas y sociales, dediqué mi tiempo a ver películas, jugar a videojuegos, montar fiestas, y tener mi buena ración de drama. Porque el drama es inevitable. Como una ETS en tiempos de guerra, es consecuencia directa y previsible. Y llega a producir un grado de adicción considerable. Entre los dramas de los que fui testigo en Somosaguas, ocasionalmente me encontraba con testimonios de personas que aseguraban (entre comillas y con pinzas puesto que aunque tratándose algunas de ellas amistades cercanas la demostración objetiva de dichas situaciones quedó en mera quimera, rumor, y hecho no denunciado/protestado con la vehemencia que se merecía) la existencia de un trato de favor según la ideología de los estudiantes. Este fenómeno llevaba prolongándose desde varios flancos: como el hecho de que Decanato estuviese vinculado, de manera tangencial, a algunas asociaciones de acción política que intentaron imponer un proceso de definición política a asociaciones culturales. En un entorno donde jamás vi ninguna agrupación que no fuese de izquierdas. Esto tampoco es nuevo. Quien conozca la Complutense sabe que mientras Somosaguas es de izquierdas, algunas facultades de Moncloa son claramente de derechas. Y, de nuevo, no hay nada de malo en expresar estas ideas salvo en el escenario de necesitar modificar las de otros en el camino.

Lo peor que puede ocurrir en cualquier entorno moral, social e intelectualmente reprobable es el paso sin retorno en el que los excesos, el pillaje, y los abusos empiezan a tener reacciones de indiferencia tras haber pasado tanto tiempo sin combatirlos. Este es el instante en el que la moral sale por piernas y tu reacción es someterte o apartarte del sistema. Afortunadamente no tuve clases en ese campus después de 2006, y aun así mi experiencia antes de irme fue meramente presencial. Cuando los medios critican las graves y ofensivas declaraciones de Pablo Iglesias Turrión, lo único que veo es lo siguiente: ambos están exagerando. Ambos barren para casa, protegiendo sus intereses y motivaciones. Nada nuevo.

Turrión habla de la pasión, no de la parcialidad, como una virtud que prevalece sobre lo racional. Es la pasión de muchos de sus seguidores la que en la búsqueda de un nuevo orden político y social en nombre de la renovación de la clase política no han sido capaces de materializar un ideal que aún no existe en la política española: la ejecución de una labor más allá de la servil obediencia tras nombres y siglas, traducida en soltar un papel en un recipiente de plástico cada 4 años para después olvidarse. Los supuestos ideales de cambio y progreso que alguna parte de la izquierda intenta aglutinar y explotar con exclusividad son sólo eslóganes de personas que, en su mayoría, pecan de los mismos problemas que sus opositores políticos. Ese es el gran paradigma que alguna parte de la izquierda no ha asumido: que por muchas y muy buenas que sean sus intenciones, dogmas y teorías, siguen jugando dentro de un sistema cerrado y alienante. Que la formación de partidos políticos españoles no permite una complejidad de ideas basada en la propia complejidad intelectual del votante medio. Este simplismo, como en la universidad, permite la división, la acusación y el señalar fácil de los enemigos y/u opositores. Y sí, reitero alguna parte de la izquierda porque caer en el estado mental de llamar buenos a unos y malos a otros sólo es puramente tóxico. Defectos, virtudes, glorias y descalabros tenemos todos.

El hablar de complejidad es decir lo siguiente: que no hay más espectro ni variedad que conservadores contra progresistas. Indiferentemente de lo tratado, sea política fiscal o social. Sólo hay dos rutas, y la idea de crear partidos que mezclen elementos de ambas y/o que en un aspecto contradigan tangencialmente al otro es impensable. Al menos por ahora.

Y así es cómo algunos siguen rentando de las palabras cambio, progreso y libertad de la manera más sectaria y simplista (es decir, política) posible. Cuando las palabras algunos no han entendido todavía lo que significa un espacio académico aparecen sólo veo gente decidida a tener un único tipo de ideas, prescindiendo del debate (no la discusión), la duda (no la ofensa ajena), y la crítica (no el ansia de arrinconar a opositores). Cuando las respuestas a las grandes preguntas son conocidas y la capacidad humana de duda y disputa se desechan, el impasse aparece y desvirtúa. Gente de ambos signos, llenas de intolerancia e intrusismo prosperan. Cuando la acción política de unos se basa en la desacreditación sistemática de otros en tu propio nombre, la buena voluntad muere.

Y las disculpas apresuradas y sinceras de unos y la bilis artificiosa y maniquea de otros al día siguiente sólo encauzan el proceso en una única dirección y refuerzan la idea base: aquí no gana nadie. Unos dicen gilipolleces, otros las repiten y esputan otras nuevas.

Misma mierda con diferente envoltorio. Política y comunicación en España. El gran encogimiento de hombros, que en situaciones así se traduce en un puro déjales que se maten entre ellos, a mí esto poco me afecta en lo personal. O eso soñamos. Y así vamos:

Nos guste o no.

Un comentario en “La gran ofensa

  1. Me ha parecido un artículo muy certero en cuanto a análisis del comportamiento humano en las instituciones políticas. La Universidad es una institución política en la medida en la que se establecen relaciones jerarquizadas y confrontación de intereses entre grupos y personas en el acceso al conocimiento, entendido el conocimiento como una herramienta de desarrollo social.
    Lamentablemente, es el mismo comportamiento que se da en muchos grupos políticos de izquierdas o alternativos que funcionan como contrasociedades, es decir, con normas propias al margen de las de la sociedad global. Sin embargo, me parece más adecuado aludir a la búsqueda de rebeldía con el sistema,(el que sea), que con el mundo real. Esa frase asocia de forma implícita a un determinado sistema con la realidad, dejando a los opuestos en un plano de irrealidad confuso.
    El votante medio carece de complejidad y tiene poco intelecto. No sé si ese fenómeno se da sólo en España y en países de poca tradición democrática, o el votante medio es un producto de todas las democracias representativas. Para mí, la complejidad no consiste en la variedad de conservadores contra progresistas. Esto me parece dar una interpretación totalmente liberal de la complejidad política. Se puede ser liberal conservadora y liberal progresista; has eliminado a las socialistas, a las comunistas, a las anarquistas. Socialistas y comunistas no son sólo progresistas, lo son desde una óptica específica. Las anarquistas actuales reproducen en ocasiones esquemas conservadores. La democracia actual nos está reduciendo las ideologías a dos, es cierto, pero las dos son liberales.
    Totalmente de acuerdo en que los programas de tertulia y debate son un circo. No estimulan ninguna capacidad intelectual; generan votantes medios.
    Por cierto, en el siglo XX sí teníamos alternativas de información y la iniciativa de búsqueda y de acción no estaba tan ligada a la pereza como en el siglo XXI..(Internet)
    Y, por último, el derecho a la libertad de expresión, que es un derecho de los civiles y políticos, entra en colisión con otro derecho de la misma generación, el del honor. Y también con el derecho de rectificación y respuesta.

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