Sentirse afortunado

Adoro ir a eventos culturales. Aún con todos los contratiempos que conllevan: errores técnicos, posturas de egos rotos, presiones infantiles, marcas comerciales endebles, lineas de pensamiento finitas, resistencia moderada a la moral, etc. Son el último paso, comercial, de la creación o la imbecilidad. O ambas.

Y, como mínimo, una fuente de vergüenza ajena de insospechada utilidad. Siempre acaba en un discurso de la montaña cuando volviendo al hogar estás al borde de la histeria, riéndote o no, de lo que acabas de presenciar. Tus amigos, acostumbrados a que poseas un semblante calmado y generalmente civilizado, ponen caras de extrañeza y pánico. Alguna risa nerviosa. La adrenalina decae, las ideas permanecen. Nadie muere. Todo va bien.

Siempre hay sutiles acontecimientos que para el iniciado, o el borracho distraído, pasan desapercibidos: el estadio previo al delirio de la contabilidad y el cruzar de dedos mirando quién ha acudido y comprado qué en cuál momento. El compensar gastos de producción e imprenta y comparar las expectativas mientras el drama individual se mezcla con el mirar esperanzado hacia la entrada del establecimiento. Y todo esto manteniendo el porte e intentando no ventilar lo que no debes. Ante quien no tienes que hacerlo. Y cuando menos conviene.

No voy a mentir, la gran mayoría son una tortura pública que carcome rápido hacia lo íntimo. Divertidísimas en retrospectiva, pero cuyas molestias devolverías multiplicadas exponencialmente a sus creadores. Presentadores/conductores armados con saludos entrecortados de tanta inexperiencia ante un público que no sean sus penas, sus inseguridades, o su agente de servicios sociales. Felaciones figurativas y aburridas a colaboradores, implicados y camellos mediantes. Blandas y ajenas anécdotas sobre el proceso creativo que por falta de contexto y picardía no interesan. Tandas de preguntas insípidas. y así sigue la lista. Pero no te olvides de comprar varios ejemplares, claro.

Gracias a Dios que este evento no fue así. Da igual el término: se redujo a una mera reunión entre algunos amigos, conocidos, fans de la artista, algún que otros stalker, y yo. Tan simple como obvio. Un diálogo entre seres humanos maleables, sorprendentes, y casi todos borrachos.

Nunca había leído nada de Mireia Pérez (Valencia, 1984) hasta hoy. Sabía que esta persona existía. Que contactos en común la encumbraban por Dios sabe cuál razón, y aún sigue siendo temprano para dejar de desconocer. Que directamente se ha involucrado en dos de mis obras preferidas de todos los tiempos (Hicksville y Sam Zabel y la pluma mágica, ambas de Dylan Horrocks). Que tiene un parecido más que absurdo a uno de los personajes de la última película de Kon. Que su empleo actual consiste en ser intermediaria dentro de la cruel industria editorial. Y ya.

El número cero del Fanzine CHICOS teoriza sobre dos conceptos ya clásicos, y nunca sobrantes: el primero sería la consumación del prójimo a través de lo romántico. Una idea de asimilación como mecanismo malogrado para conseguir el afecto, y con suerte respeto, del ser soñado y elegido. Y quién puede culpar a esta fuente de inspiración, cuando una alternativa plausible sería la tragedia criminal. O la tontería y el lloro fútiles patrocinados por lo hormonal. Ambas despreciables.

El segundo concepto sería la autodestrucción por la lujuria. El diablo llama. Y no llega metódico y paciente, sino imbuido en rápidas y obvias ansias de destrucción. No hay heraldos que anuncien su llegada, sólo antiguos cadáveres convertidos en lodazales. Días de polvos pasados confundidos con amor y autorrealización, reconvertidos en ira hacia el prójimo y rabia hacia la ingenuidad (véase debilidad) que llevó allí. Pretendidos cómplices que no fueron más que víctimas no sólo del otro, sino de sus propias expectativas y desvaríos. Gritos de todas las clases posibles que llegaron a la misma conclusión: todo muere. O eso dice.

La excepcional pasión disfrazada de locura. Nacida como impulso criminal, educada como maravilloso accidente. Camuflada de simple libido alimentada con alcohol y distracciones. Errores de facto convertidos en aseveraciones. Simple rapiña venérea convertida en mera curiosidad sodomizada por el aburrimiento más inane e improductivo.

Todo este último párrafo expresa de forma muy detallada la idea de follar por follar para más tarde repetir “Otra vez aquí. ¿Por qué?”

Maldita sea, ahora tengo curiosidad. Que alguien me introduzca al origen de tanto odio y trazo. La autora insiste en que el trabajo no tiene más procedencia que un chico. Un inventario amoroso ilustrado y narrado por feísmos inconexos y confesiones que suenan a última voluntad. Dos preguntas corren por mi cabeza: ¿cuál será la opinión de los hechos inspiradores al contemplar esta obra, acabe siendo breve o extensa, en unos años (o segundos)?. Y segunda: ¿el tipo era para tanto?

Estos conceptos, y los recursos expresivos únicos que los acompañan, no tienen fin para su emisora. No se indica ni sugiere caducidad única y estricta. No hay escapatoria salvo la muerte o la desaparición. En un mundo donde la gente olvida rápido y fácil, querer recordar es un mérito. Aunque sea de la peor manera imaginable. ¿Me siento afortunado por haber conocido esta miríada de recuerdos y odio gráfico? Sí, por qué no. Escribo sobre ello ahora mismo. Mi cuerpo y mis maltrechas facultades han logrado sobrevivir un día más a tantos estímulos malvados.

El daño nunca es seguro, y el sufrimiento no es opcional. ¿Sabes por qué? De ser así, lo imprevisible muere. El futuro se niega a cambiar y te arrastra hacia lo predecible, estático y aséptico. La diversión desaparece. La sorpresa se marchita. El riesgo huye hacia campos más verdes. El mundo, y los pocos seres que hay en él y que consigo respetar, mueren lentamente. Después, la nada. Buena rallada mental improvisada y proporcionada por este material. Tiempo para elucubrar lo próximo a coleccionar.

Ante esta clase maestra, conclusiones apresuradas: su autora no sabe lo que hace (O, posibilidad más aterradora aún y sin que podamos percibirlo, sí). Y sinceramente, yo creo que tampoco. Necesito claridad en cuanto a mis prioridades, cuestión perpetua e interesante. O de saber qué distracciones eliminar a su preciso momento. La respuesta propuesta es tan obvia como intrigante, divertida y aterradora:

Caos.

Nota sobre las imágenes: la primera imagen no se corresponde con el resultado de la impresión final. Tras la ilustración a página entera de la izquierda le seguía dos páginas de textos. Seguidamente la imagen de la derecha. La segunda imagen es diferente a una de las dos láminas promocionales que acompañan a este texto (banner superior).

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