En terapia, I

En terapia me aconsejan que anote en un calendario semanal, dividido por franjas de una hora y curiosamente limitado a un horario de 8 de la mañana a medianoche, las actividades que considero positivas. No las que pretendo hacer, sino las que he resultado acabar. Los primeros días no entendía el ejercicio y anotaba toda clase de hechos aislados y mínimos en franjas enteras. Cosas como “superar X distancia durante el ejercicio realizado en el gimnasio en Y tiempo”. Chorradas.

Cuando evaluaron el resultado corrigieron algunos errores y puntualizaron que sólo indicase las cosas que me ayudasen en el proceso para estabilizar. Ellos no creen en recetar pirulas aleatoriamente. Ellos no creen en la presión social como fuerza motriz de base. Sólo en el esfuerzo y responsabilidad de cada uno por un porcentaje importante de sus acciones pero nunca total puesto que no tenemos, ni tendremos, control total sobre nuestras vidas. Paparruchas.

Eso es una manera suicida de ser valiente, pero a veces renta. Y de qué manera.

Y el calendario se rehizo lentamente. Desde muy pronto empezó a repetirse una única expresión: “Evitar discusión”. Esto significa “cualquier manera de calmarme y desviar la tensión de situaciones específicas en la medida que pueda manejarlo con el fin de no perpetuar un conflicto y alimentarlo hasta el punto de metafóricamente querer llegar a hacer sangre”. En los días buenos es tan fácil como abrir una puerta. En los malos, igual que llevar un carro de la compra metálico cuesta arriba y hasta los topes; lo haces sin más, pero segundo a segundo no paras de pensar lo divertido que sería soltar al cabrón calle abajo y ver los destrozos, gritos y pánico que causaría en su trayectoria. Este esfuerzo no es guiado por el miedo, coacción, ni vergüenza. Es una simple manera de aguantar mierda y de paso no generar más aún. Propia o ajena.

Y digo propia por lo obvio: en ocasiones tratar conmigo es una jodienda considerable. Algo que hace a veces que me sorprenda de la paciencia de la gente de mi alrededor. No nos olvidemos de lo importante: no hay nada ni nadie perfecto, impoluto ni infalible. Empezando por mí mismo. No soy un tipo tan social como me gustaría, y aunque lo fuese creo que por el momento tampoco sabría manejarlo de manera estable por completo. No me gustan la mayoría de las normas sociales concebidas como mayoritarias, como jerarquías en grupos de amigos, los dramas y temores infundados de aquellos que inventan conflictos para poder tener un propósito, etc. No soporto tanto como antes la frivolidad y el postureo (“tengo internet, luego tengo dos formas de existir siendo una la real y la otra fingida y superpuesta por imágenes y concepciones retocadas y propósitos de año nuevo perpetuos. Súmale a esto carecer de respeto alguno por lo que no sean mis opiniones, gustos y criterios”), lo cual cierra muchas puertas a las vidas de todos aquellos que confunden al mundo como una entidad predestinada a estar a su exclusivo servicio con la misma dignidad que una prostituta en tiempos de guerra. Es una lástima acabar diciendo “ya, sí, rechazo cosas sabiendo que quizá me pierda otras muchas buenas que también habrá por el camino”. El equilibrio es el desafío.

Por eso digo mierda ajena, porque siempre hay una razón para plantar cara a un montón de gilipollas que te cruzas día a día. Y sabes que la mayoría no responderán, porque no esperan que nadie lo haga. Que unos pocos plantarán cara y se quedarán en palabras y nada más, porque más allá de la pose sólo hay temores y tumores cerebrales. Recuerdas que aceptas las consecuencias de que un día te puedas cruzar con alguien jodido de verdad y que la cosa acabe en tragedia. Y te sorprendes echando de menos la época en la que era o todo o nada, donde tantas cosas malas pero entretenidas pasaron. Donde más de una vez pensabad “hoy he hecho algo jodido, ¿pero y las risas qué?” Pero eso ya no puede ser.

No sois gente fácil de tratar. Es difícil. La paciencia se agota rápido y mentalmente imaginas diversas formas de ahogar a quien tienes al lado. De observar cómo se conforma el clásico y gran círculo de la mierda cuando unos la joden del todo y otros callan por razones diversas (ansias básicas diversas: dinero, sexo, falta de honradez, ansias de escalar socialmente, apatía, intentos de ingeniería social nivel Chernobil, etc.). De ver convertido en estándar la mentalidad de revancha hacia el mundo sin existir un por qué justo. De cómo se falla hasta en cosas básicas como saber mantener la mirada cinco putos segundos. De la sorpresa e indignación cuando alguien te saca de tu burbuja porque la estás cagando con todo el equipo y aún así no espabilas, imbécil. De ver cómo ya se acepta y espera tanta tontuna, gilipollez, y el no dar ni dos duros por nadie por puto egoísmo. Así que es mejor ser paciente, respirar y desviar la atención hacia asuntos más importantes. El silencio es la nueva forma de dar hostias. O eso me dicen los que en su vida han tenido huevos para soltar una.

También influye juzgar las cosas en caliente, lo que lleva a cometer errores, pero joder… el mejor argumento para conseguir evitar esto es recordar las veces que me he puesto mal con la persona equivocada. Con quien no había hecho nada.

Ahora, el verdadero reto no está en convertirse en alguien que rehuye el conflicto perpetuamente, sino en buscar el término medio para no estancarse en lo opuesto: ir sólo a tu bola y acabar viviendo todo como si sólo estuvieses de paso. O, peor aún, volver a ser como antes cuando aceptas que una vez superado todo lo negativo de la agresividad y crueldad sólo queda diversión. O eso crees en tus peores momentos antes de observar el reguero de mierda y lágrimas que acabas de provocar y arrepentirte.

No hay soberbia ni orgullo tras todo esto, sino una simple noción de sentido común y seriedad ante lo que está por venir. Ni la idea de transformarme en otra clase de persona, sino poner en el lugar que corresponda las actitudes, hechos y acciones que quiero que me definan. Lo que puedo ganar y perder. Una búsqueda del cómo y por cuánto para ser quien creo que puedo llegar a ser, no una reprogramación de lo que soy. Esta es una época extraña no porque esté pasando nada malo, sino por por la continua realización de cómo sería retroceder al punto inicial si cometiese los mismos del pasado.

Eso es lo jodido de verdad.

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