Una persona con la que tengo una comunicación regular y fluida a través de humo y espejos me preguntó hace poco si no podía vivir sin presenciar o participar en sucesos inusuales. En cosas no consideradas normales o habituales. Mi respuesta es un sí con un largo pero. Hay situaciones que por su naturaleza atraen y despiertan la mente de quien tiene una afinidad manifiesta para lo que resulta complejo, divertido e incluso desconcertante.

Eso es cuando son cosas buenas. No todas lo son. Un ejemplo:

Al volver de la sesión semanal de los jueves siempre tomo un pequeño desvío en la ruta de vuelta a casa. La zona de Moncloa es agradable para transitar, más aún con el buen tiempo que todavía tenemos. Contrario a toda ley natural.

Al caminar por Princesa dirección Plaza de España había un dispositivo de emergencia junto a los edificios pertenecientes al Ministerio del Aire. Un señor de avanzada edad tuvo un infarto en un autobús. Los sanitarios intentaron durante más de media hora reanimarle sin éxito. A la espera de que se levante el cuerpo los miembros del SAMUR recogen sus equipos. Los agentes de circulación vial vigilan la zona. Los nacionales ponen orden. Tres ambulancias, tres vehículos de intervención rápida, un vehículo farmacia. Todo para nada.

No es la primera muerte que presencio en esta ciudad. No será la última.

En las caras de la mayoría de los peatones había la clásica expresión de sorpresa e incomodidad. En los miembros de la tercera edad una sombría resignación ante lo ocurrido. En una particular pareja abundaban los chistes y las burlas. Incluso en una situación así.

Qué cojones os pasa, gente.

Ambas esperaban una resolución que ya sospechaban con cierto desprecio. El porqué de tales palabras me es extraño. ¿Quizá un pueril mecanismo de defensa?, ¿algo que contar a los amigos horas después tomando una cerveza en algún antro?, ¿la idea de “eh, no me ha pasado a mí. Jijiji”?

Que os jodan.

Actuamos como actuamos. Una muerte cercana nos hace saltar las alarmas y darnos cuenta de que esta coña sin tanta gracia como debería llamada vida caduca tarde o temprano. Un tipo muere en un lugar miserable. Sin previo aviso ni advertencia.

Es posible que esté reaccionando de manera exagerada. Que la empatía sea un virus que castra socialmente en una ciudad pretenciosamente depredadora (que sin embargo pocas veces persigue objetivos tan dignos, loables y significativos en la misma magnitud que la mezquindad empleada en esa actitud de cínica supervivencia e inservible). Es posible, por qué no.

Sin embargo, es lo que hay.

Aprovechemos el tiempo. Busquemos algo más que salir del paso. Pararse a valorar lo que tenemos, carecemos y podríamos perder como instante de serenidad y aceptación no de lo que somos sino también de lo que podremos ser.

O, qué coño, como mínimo aceptar la idea de que lo miserable no debe ser ley tallada en mi mente. A la hora de la verdad lo que hagáis vosotros es otra historia. No estoy aquí para aleccionar a nadie ni enviar un cohibido mensaje de entusiasmo aguado y suave para una fácil ingestión. Libre albedrío y tal.

Echaba de menos publicar, y vuelvo con algo así. Esta ciudad, colega…

Esta puta metrópoli.

Descanse en paz.

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