Empecemos

El verano se ha acabado por fin. Como todos los años nos esperan un par de semanas de cambios bruscos de temperatura. De esos que te hacen creerte medio febril en una madrugada fresca tras una tarde cálida tomando apurádamente el sol en alguna piscina universitaria.

Si ese es tu rollo, por supuesto. El mío es ser persona.

Un verano de tranquilidad. De sequía creativa como habréis visto si leéis regularmente lo que ahora os está apuntando a la cara. ¿Por qué? No lo sé. La creatividad (entendida esta como el proceso de crear y sin malinterpretarla con talento) es como la adicción: se traslada y muta sin permiso ni advertencia. Y, como tus ascendientes, tiene muchos nombres.

Tres meses de estabilidad e inercia guiados por los impulsos de otros, un par de catástrofes y hechos puntuales de la actualidad que he seguido, y dramas diversos inocuos.

No puedo esperar a que se termine de una puta vez y lo podamos enterrar, quemar, volver a enterrar y repetir hasta oscurecer el cielo de ceniza.

Odio el frío, pero al menos despierta y centra. Te mantiene alerta por el continuo riesgo de enfermedad. Te espabila cuando vas a dormir de noche y al despertar sigue siéndolo. Ver anochecer a las 6 de la tarde en un día lluvioso tiene sus ventajas. Las rutinas sociales se convierten en tácticas preprogramadas.

Cuando ahí fuera diluvia las ganas de hacer el gilipollas y salir a la aventura desaparecen.

Y vienen las reuniones, las noches a cubierto, las entradas apresuradas en comercios dando el parte, los polvos de reemplazo guiados por necesidades térmicas. La historia de siempre.

Hace unas horas me arrastraron a un concierto de unos artistas que conozco personalmente. Sus rituales y ritmos hablaban de tragedia y deseo. Había bailarinas y faltaba sangre. Después llevé a unos amigos a un santuario de lo errático con forma de persona. Un hábito viejo y respetable para unos y experiencia iniciática y extraña para el resto. Después vuelvo a casa sano y salvo casi como de costumbre.

En el metro de madrugada observando el Recambio del día. Caras agotadas levantando el país. Un tipo a mi lado escribe una parrafada más grande que la que estás leyendo a una tipa cuyo nombre empieza por X. Al llegar a mi estación soy el único que sale del tren. Y el frío vuelve poco a poco.

Quizá empiece a escribir poesía.

O, quizá, a publicar aquí lo que ya tengo hecho. O quizá no y si alguien en el mundo real me saca el tema responderé con una sonrisa y nada más. ¿Tengo idea alguna de qué cojones estoy haciendo? No, pero es divertido.

Nos esperan tres meses prometedores. De los que reafirman tu validez como ciudadano al decidir respetando la legalidad otro día más pese a las adversidades y tonterías estatales. De los que en unos años parecerán más importantes de lo que podamos exagerar ahora viendo a iluminados masturbándose en círculo.

Empecemos.

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