Mind the Gap

 El siguiente texto contiene lenguaje gráfico. No es apto para menores de edad. Pero es divertido, así que tanto da.

Curioso fenómeno la pornografía. Más consumido que la mayoría de las drogas que conozco juntas, y sin embargo suele producir timidez reconocer su uso. Es más fácil ver a cuatro tipos admitiendo tirar de coca cuando no pueden más (o usarla frente a ti sin reparo alguno, o construir su propia identidad y lo arriesgado de su forma de pensar cuando sólo es otro cocainómano más), que alguien venga y diga que se ha hecho una paja viendo un pov amateur grabado en la República Checa. Es una fantasía, a veces exageraciones, a veces realidad hiperbolizada. Es un vicio menor, inocuo la mayoría de las veces, pasajero y de simple alivio momentáneo para la mayoría. Tal cual.

Así que cuando a finales de septiembre tuve la oportunidad de asistir a un rodaje del sector, no pude decir que no.

Cuando llevas tantos años siguiendo a creadores, artistas o dementes conceptuales empiezas a apreciar su metodología. Los recovecos y caminos legales que guían y autorizan las diferentes actividades. Las pausas interminables en rodajes y sesiones. Los ensayos erráticos guiados por abusos imprevistos. La toma de contacto con el público en presentaciones y recitales, y el ritual que supone vencer al miedo. Las esperas y la expectación ansiosa del antes, durante y después.

Recibo en mi móvil un aviso de una sesión de fotos y salgo disparado de casa. Estoy en Mind the gap (Tudescos 4, Madrid), un establecimiento que conozco pero al que nunca he ido. El ascensor, más lento de la historia y acceso principal me inserta casi furtivamente en un agujero en el suelo. Es angosto, cerrado, personal y cruento. No sé por qué no he venido antes aquí, es genial.

Este es un lugar de creación perversa dentro de la iniciativa Public Disgrace producida para Kink.com y comandada por Zor. Afincada en San Francisco, es la mayor productora de BDSM del sector con unos 10 años de antigüedad.

Como en la mayoría de los rodajes convencionales, hay espacio para la improvisación entre largas esperas para preparar tomas. Una de las actrices lleva sujeta un cenicero con la boca mientras que un grupo de extras fuma de espaldas a la comisaría de la Plaza Luna, cuyo nombre real es Plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, esperando órdenes. Hay timidez, chistes y cigarros fumados con nervios.

Steve Holmes está aquí. Uno de los nombres de guerra más elegantes que he oído nunca; 18 años en el sector. Comenta que salvo en Barcelona las leyes no prohíben las actividades que se están realizando en exteriores. Otra de las actrices lleva un cepillo atado a la boca. Como un anacrónico señor tribal exige que sus zapatos estén limpios. Es glorioso verlo.

¿Hace falta decir que ambas actrices Julia de Lucía y Coral Joice están atadas? ¿Hace falta decir que están a las órdenes de Sandra Romain? Claro, antes no lo sabía y ahora sí. Soy un iniciado en estos trámites de la vida.

Al bajar por el ascensor ambas tienen gotas de saliva por sus cuerpos, y desde donde puedo verlas parecen diamantes.

Y este es el instante en el que empiezo a descubrir el verdadero significado de estar como espectador aquí. No por cómo se organiza y produce. No por observar a personas follando. No me centro en el hecho en sí sino en dos extras y su progresiva transformación durante la velada.

R es un joven de la capital que nunca había estado en un rodaje, y a los pocos minutos pasa de estar agitado como un crío la noche antes de Reyes a ser ese mismo crío abriendo los regalos la mañana siguiente. Es admirable. Se desenvuelve como si llevase toda la vida, sabiendo y respetando las limitaciones de su papel en este momento y lugar. Está claro que el arte, en este caso el BDSM, saca matices insospechados. Las luces están preparadas en el interior del local. Un trío de extras gays comenta que trabajan en un sex-shop de la zona y que “esta es nuestra manera de aprovechar un día libre”. Semanas después R me confesaría que le hubiese encantado poder ayudar más, y que le gustaría probar suerte en el sector.

C es una chica que nada tiene que ver con este sector y que también recibió la invitación a partir de terceras personas. Ha aprovechado las pausas entre tomas para ir a la barra y pedir algo. Oficialmente diré que el alcohol corre a cargo del responsable del rodaje, un requisito casi imprescindible para los no iniciados. Le pregunto medio en broma si está tan nerviosa como parece y responde con “buf, no veas. Esto para mí es nuevo, pero me gusta.” Se dirige al camarero y pide un gin-tonic. Según sus cuentas es lo que va a empezar a tomar ahora tras tres cervezas “y luego ya veremos”.

Durante todo el rodaje el equipo artístico y técnico insiste en que los extras interactúen. Que hablen entre ellos en tono bajo y hagan fotos/videos de toda la acción. La idea de las escenas es transmitir la sensación de sorpresa de los asistentes en el bar tras el asalto de Holmes y sus muchachas. R empieza a azotar y magrear a las actrices. De novato a profesional en tres escenas. C permanece a pocos pasos, a veces centímetros, de la acción y su cara se transforma: de sorpresa mal disimulada, pasando por reparos, a gestos universales de deseo.

Steve Holmes vuelve a por más. Sorpresa general. Gritos de sorpresa. Una de las asistentes de producción hace que la escena fluya. Otra arenga a los extras. Le saco cabeza y media; su voz es firme y  sus gritos poderosos. Podría empujar a la locura, el deseo, la obediencia más absoluta, o la ira más indescifrable a cualquiera. Es esa clase de voz.

So guys, you wanna see a real slut? ¡Puta mierda!
Steve Holmes, Madrid, 29/9/14

Una pareja de extras recién llegados observan todo. Demasiado sobrios o tímidos para su gusto. En las horas siguientes un miembro de dicha pareja mantendrá una discusión con el otro por pretender implicarse más en lo que allí se está gestando ahora mismo.

Sandra Romain es una francotiradora de la fusta. Una agilidad y precisión que sólo grandes nombres como Simo Häyhä o Vasily Zaytsev respetarían. Y el público enloquece. Como un incendio o una catástrofe natural, todo se desboca. El caos reina. Risas y arengas. Gritos y aplausos. Holmes dicta el fin de nuestros días. Las asistentes de producción gobiernan el proceso.

Otra pausa. Reflexión. Palabras turbias y alegres, a veces hasta inocentes. Esto es lo más divertido que he cubierto jamás. R está flipando. Para él esto es la hostia, es liberador. Una nueva frontera en la psique humana. Igual que la experiencia de los primeros consumidores de ostras y/o alucinógenos. La misma sensación de quienes continuaron experimentando con algo que los demás llamaban error hasta que lo refinaron y convirtieron en novedad y mérito.

El tiempo de reunión viene cuando los extras se congregan en las escaleras que dan acceso a mesas y reservados al fondo del local. Hay una ternura inherente en todo, inesperada y sorprendente. C piensa que “no es un simple medio de convertir y degradar a la mujer en un simple objeto o herramienta. No es una explotación de la heterosexualidad por dinero. Es un trabajo artístico.” Y le doy la razón.

Holmes y una de las actrices se besan como si fuese fin de año. Las ataduras son firmes e impresionantes. Las sonrisas son perennes. Hay un sentimiento de intimidad y confianza que pocas veces he visto en ninguna parte. La asistente de producción de gritos poderosos insiste en que C intervenga. Necesita más “motivación”. Entiendo sus reservas y miedos, pero ya ha cruzado la frontera. Su cara y sus gestos ya forman parte del arte. Intervenga o siga siendo espectadora. Y Dios sabe que no necesitamos más espectadores.

A la escena se suma otra asistente de producción. El humo se alza. Cuando comenzó la Prohibición de fumar en bares por ley fuimos muchos los que temíamos que los establecimientos sólo oliesen a sudor y a mierda. El olor aquí es indescriptible porque no lo había presenciado nunca: una mezcla mutante de sudor y lubricación. Las arengas de los espectadores crecen. Hay destellos de luz provocados por un aparato eléctrico que, como un percutor, impulsa gritos ahogados y lanzados como proyectiles. La música no nos abandona. Y, por alguna razón, los que más animan la escena son el trío de gays. ¿Apertura de mente?, ¿desinhibición crónica? Verdaderamente les envidio por tener tanta soltura. No les he visto tomar más que un trago en toda la noche.

Mi móvil acaba de morir por algún motivo, así que hasta el final de la escena tomo notas de mano como puedo en mi agenda de bolsillo. La caligrafía a estas alturas de la noche se parece más a la firma de Guy Fawkes post-tortura que a un conjunto de caracteres legibles propios de un ser humano. Mis lecciones de taquigrafía en este momento son lejanas. Mi mente actúa a mucha más velocidad que mis manos, inversamente contrario a los allí presentes.

Este es un trabajo para valientes. Para almas liberadas y para artistas. La historia de la pornografía va ligada al desarrollo técnico, social y económico. Y el proceso siempre es idéntico: alguien pone el dinero y los medios; explorando tabúes, modas, estímulos e impulsos que puedan tener cabida en el mercado y contexto concretos; y finalmente los artistas ponen su firma y estilo. Alfonso XIII, rey de España antes de la Segunda República y productor pornógrafo como afición y pasión. Sí, eso pasó.

Un dildo negro que haría sentirse eunuco a Lexington Steele pasa de boca a boca. La física que dicta algunos actos burla directamente a las leyes de la termodinámica en su cara. Y gana. Y llega el fin de la escena. Más aplausos, euforia y fin de la agonía alegre que roza la idea de la douleur exquise.

Tras el fin de la escena se guarda un silencio reverencial en las entrevistas que le siguen como material complementario al video. Al alivio le acompaña la sorpresa. Se atesora solemnemente la experiencia y valora al mismo tiempo, como el hito para novatos que ha supuesto. Como el rito de iniciación para el resto de nosotros. Hemos tenido suerte de presenciar maravillas esta noche. R sonríe y habla con los demás extras. Antes de marcharme me pide que le pase el material de documentación que he ido tomando. (Si estás leyendo esto ponte en contacto conmigo).

No puedo irme sin probar el aparato eléctrico sin identificar. Es curioso: produce picor pero no duele tanto como me esperaba, hasta que una de las actrices me mira sonriendo y dice “Claro que no te duele, chico. Cubierto en sudor sí porque actúa de conductor.”. The more you know…

C asegura al salir que hubiese intervenido “de no estar ocupada”. No puedo culparla, no debo. No sería justo. Al despedirnos le pido a su amiga que la escolte y proteja. Es necesario. Esta ciudad necesita más personas como ella y R.

Y sin nada más que poder añadir, vuelvo a casa.

Adoro esta puta ciudad.

 

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