Las Chicas Poetas II

Este sitio está abarrotado. La poesía llena bares, eso es algo que suena extraño si lo dices en voz alta. Mi amigo y asociado habla con Saray Pavón (Sexo Oral, entre otros títulos) mientras espero que la función comience. La música atrona y llevamos cierto retraso con el horario.

Estamos aquí para ver poetisas.

El lugar se llama Búho Real, ubicado en el Barrio de Justicia (conocido popularmente como Chueca) en el Distrito 1 y la calle Regueros 5. Hemos sido prudentes y venido pronto para coger sitios de tribuna. Hoy las mujeres gobiernan; como antes, como siempre. La poesía es su respuesta. La iniciativa es gemela a Los chicos son poetas, que fue celebrada meses atrás.

Que alguien ponga The Cardigans. Es apropiado.

Garabateo estas líneas en papeles de facturas. Un olvido tonto me ha dejado sin teléfono móvil y cámara. Mi asociado es un wunderking de la universidad española: becado, estudiante de matrícula, escritor, poeta, fotógrafo, novio de fiar, todo en uno.

La presentadora no está habituada a las palestras. Sigue tapándose los ojos por los focos que la apuntan. Su voz es tímida pero entusiasta. Eso es lo que quiero ver en un poeta: alcohol y poesía en un escenario.

Mi sangre mata; tristes son mis carnicerías; Hotline Miami.

Hay gente de toda España, principalmente del Sur.

La poesía fluye como relatos de soledad, fracasos, decepciones, miedos, odio y gloria. Casi todos en nombre del amor y la desesperanza. Sumisión y [Ininteligible] conjugan en futuro violento. Un aquelarre de arte y sangre. Del desmantelamiento del alma en nombre de la belleza pretendida y el arte por conseguir. Cestas de mimbre quebradizas que acogieron experiencias truncadas. La sexualidad frustrada se convierte en primera directiz cuando el amor se desvanece. La escritura es un arma improvisada, y de la cual hasta quien la esgrime desconoce su poder. La soledad es el coste por tanto desvelo, constancia y exacerbación casi enfermiza. Susurros en la oscuridad que predican prerrogativas a verso armado. Reveses transfiguradas en siglos de recuerdos.

Seguiría bebiendo, pero no dispongo de tanto parné. Si algo debo desgravar como herramienta de trabajo serían un puñado de marcas de cerveza y los bolígrafos que utilizo.

Vuelta a las artistas. Este siglo es de las mujeres, que podrían usar la mera venganza y revanchismo, pero se queda en la exigencia del reconocimiento de su existencia y de justicia. Podemos sentirnos privilegiados por no haber sido ejecutados de manera sumaria. A veces con razón, otras no.

La divisa no es tanto en sí el recuerdo, sino lo que hemos interpretado por ello. Los sinónimos son burócratas que exoran el dolor. El contacto de Sergio, Saray, sale al escenario. Recita y asevera de memoria escenas innombrables. Breve y fugaz, intenso como un disparo de escopeta a los intestinos. Torrentes lúbricos e inesperados que reverberan mentes presentes y las pensantes, de bíblicas y férreas convicciones. Un ukelele crepita como segunda alma en un desfile de improbabilidades y temblores; arriesgarse y lanzarse al entusiasta público.

El riesgo no de que te destrocen, sino de la mueca descreída y desubicada, de la incomprensión y el siguiente paso de ésta que muchos asocian como natural: la humillación. El riesgo tras los barrotes y murallas en forma de versos de que alguien huya tras haber destruido con una ola de mutilación lo que pensábamos que éramos; para después volver como antiguos amados usando falsas disculpas y miramientos como heraldos. Esperando encontrar las mismas ruinas que quemaron y observando un nuevo comienzo.

Soy un hombre de prosa. Un descreído forzado de la métrica. Un entusiasta cegado. Un fan con ganas de aprender. Yeats, Morrison, Byron, Milton, J.E. Coleridge, Garcilaso, Lorca, los Machado, etc. Todo un mundo con el que sincronizar y coexistir. Las fronteras suelen ser figurativas y creadas, salvo la propia cordura y mortalidad.

Heridas físicas y espirituales, en compañía de asociados, amigos y razones andantes y pensantes para seguir creando. Esta actuación acaba con una sonrisa tímida. En un momento determinado la sala termina cantando cumpleaños feliz a una de las poetisas. Una emboscada social con candor.

La música danza como alivio en el tiempo de entreguerras que traspasan generaciones. La presentadora estalla inesperadamente, y recita sus propios versos. Posibilidades ya indemostrables de un pasado errático en busca de un futuro desprovisto de pánico.

Y después las actuaciones regulares terminan.

Adoro esta puta ciudad.

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