The Fuckhead Among Us

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(Este texto originalmente iba a publicarse en mi cuenta de Instagram, pero debe haber un límite de espacio o algo así. Mejor lo pongo aquí y tal.)

Hoy soñé que era Hunter S. Thompson y estaba en un ruinoso hotel cubriendo la campaña de las presidenciales del año que viene. El cuartel provisional para los medios estaba en un antiguo y pequeño cuarto de lavadoras junto a un callejón sucio y sórdido, y un garaje privado y caro. Así que teníamos los dos extremos bien próximos donde confluían señoritos con mujeres de compañía y demasiada droga para tan poco aguante.

El día que llegué con el séquito de la prensa un niñito descendiente de banqueros que celebró la mayoría de edad en el hotel casi se muere por consumir de la bolsa equivocada. Pobre idiota. Conseguí reanimarle a patadas, literalmente. Desde ese momento el tipo se quedó con mi cara, y me consiguió carta blanca. “Para lo que necesites” logró balbucear antes de echarse a llorar como un niño por el susto. Le abracé.

Pobre idiota.

El jefe de campaña me miraba cabreado por acudir a las reuniones informativas matinales en batín, de nuevo. Yo iba con una botella de plástico con bourbon y ofrecía a mis colegas del gremio. En público negaban, en privado no tanto. Una redactora de La razón me dirigía una mirada mitad “ni se te ocurra contar nada”, mitad “quiero más”. No tengo ni idea de a lo que se refiere, pero si quiere obligarme a recordarlo quizá no me niegue. Soy inocente, señor Juez.

-Víctor, otra vez con el batín.
-¿Eh? Ah, sí. Mierda. Esperen, señores. Ahora vuelvo.

De vuelta a mi habitación, una generosa estancia familiar con dos camas, buenas vistas, y escombros/restos casi identificables del antiguo minibar, sorprendo al gerente del hotel (en turno de día) enseñando el lugar a una familia de chinos de Shenzhen. Papá, mamá, hija mayor de edad, hijo pequeño. El gerente quiere deshacerse de mí y meterme en un cuchitril más pequeño. Por un error informático me asignaron una habitación mucho más grande y cara de lo habitual. Busco mi ropa.

Más que “error informático” fue un justo intercambio mercantil entre humanos raramente responsables. El gerente del hotel (en turno de noche) es amigable y fiel si se sabe qué sustancias regalar o cuáles personas presentar. En mi mandarín de manual les explico a los de Shenzhen que es un honor recibirlos, pero que este no es su lugar para descansar. ¿Dónde está mi ropa?

En ese momento por la ventana entra un demonio rubio con una motocicleta. No hay heridos, pero el muy loco empieza a perseguirme por los pasillos. No ha pensado demasiado con cabeza su estrategia, la moto le impide girar con rapidez. Y por otro lado a estas horas más que correr arrastro una pierna y me apoyo con el brazo en la pared para desplazarme a saltitos.

El tipejo me alcanza y me lanza algo a la cara: dos cartones de tabaco y un Zippo. Me saluda al estilo militar.

-Su tabaco, gracias.

Y se marcha. Aún con las piernas temblando me enciendo un cigarro y me pongo en pie cuando otro objeto me golpea el rostro: una pequeña bolsa de plástico. Es la reportera de La Razón, otra vez.

-Vístete, amor. Tenemos cosas que hacer y políticos que viviseccionar.

Es mi ropa. Doblada y limpia. ¿Dónde ha estado? Ah, sí. Me ayuda a levantarme.

-Los políticos son contagiosos, ponte protección.

Busco en mi cartera, no tengo nada. Me encojo de hombros y sonrío.

-Otra clase de protección, Víctor: guantes.
-Ah, sí.

Me da un beso en la mejilla y se va. ¿Dónde y cómo la conocí? No puedo recordarlo, joder.

-Guarda un par de cajetillas para mí, y lávate los dientes antes de volver.

Se me tuerce la sonrisa. La familia de Shenzhen me mira como si fuese un ser diabólico pero admirable. El gerente del hotel (en turno de día) me mira como si hubiese deshonrado a su familia.

-Eh, yo no he hecho que ese tipo haga eso. Ni siquiera tengo idea de por qué ha venido a traerme tabaco, y encima de la marca que me gusta. Quién sabe.

Empiezo a cambiarme de ropa ahí mismo. Guardo el batín en la bolsa. El Zippo en el bolsillo izquierdo, mi cuaderno y el bolígrafo en el derecho. Mis únicas armas. Al pasar frente a la familia de Shenzhen ofrezco tabaco a los padres; él acepta, ella no. Me despido de manera respetuosa. Volviendo al cuartel provisional me enjuago con el bourbon y escupo por el hueco del ascensor. Pulso el botón del piso correspondiente.

El hotel tiembla. El suelo se prende como papel de fumar barato. Y despierto en mi cama aturdido y en Madrid.

Hoy toca un café tamaño pinta y un gran zumo. Llueve poco ahí fuera. En la tele hay lo de siempre. El mismo ruido. La misma mierda. Joder.

Ha sido un gran sueño del que debía despertar. Tan rápido como escribo esto se acaba olvidando. Esto es lo que quedará.

Al menos no he soñado con ser un político.

#Fuck #Madness #HSThompson #Cafeina #DreamOrNightmare #HeadsOrTails #Psicoactives #WhatTheFutureHolds #FreedomOfThePress #TrustTheFuckhead #TheFuckheadAmongUs

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