Latente

Mientras estaba en el campus a primera hora de la mañana recibo unos mensajes de un amigo. Comenta sorprendido que en su empresa trabaja una persona con quien tuve una relación de proximidad hace mucho tiempo.

Mi reacción es contestar “está bien tener trabajo”.

Tiempo después visito una exposición recién inaugurada sobre pioneros de la animación. Grandes nombres que no deben ser olvidados. Obras mágicas e imaginativas. Entonces empiezo a recordar algo.

Hace meses tuve un sueño donde recorría un lugar importante de mi pasado y veía a un joven alterado. Sus ojos resplandecían y sus venas brillaban. Estaba al borde del colapso. Gritaba con terror “dejaré de ser latente”. Quienes le rodeaban no sabía qué hacer para intervenir, y me miraban buscando alguna respuesta. Nunca supe cómo terminó, porque desperté en ese mismo momento.

Abandoné la exposición poco después. Mi mente permaneció en ese recuerdo durante horas.

Es un sueño intrigante, al que suelo volver para reflexionar e intentar descifrar la situación. Dice más de mí mismo por cómo lo interpreto que por lo que observo. Como un antiguo enigma donde el razonamiento que lleva a la respuesta tiene más importancia que si es correcta o errónea.

Diría que últimamente todo está muy quieto y silencioso, pero mentiría. No mentir, más bien confundir mi percepción actual de los acontecimientos con la realidad. Hay muchas cosas que hacer. Proyectos que realizar. Iniciativas que llevar adelante. Textos que escribir.

Sin embargo todo empieza a parecer insuficiente.

Esta sensación nunca ha dejado de estar ahí. Desde que tengo memoria se ha adelantado a muchas otras opiniones y ha tirado por tierra propósitos, personas, lugares y demás.

La novedad viene por su intensidad, cada vez mayor. Es parecido a un agotamiento mental. No es apatía, porque siempre hay cosas que hacer, sino estrechar el cerco. Las prioridades son pocas y tan definidas como importantes. Los demás mecanismos de evasión son innecesarios, porque no sirven para lo principal.

Incluso este texto es sólo un recordatorio de que las cosas han cambiado y no volverán a ser iguales. No por ello peores, sólo reconducidas y diferentes.

Y hay dos caminos que divergen. Uno me lleva donde debo estar, el otro a donde querría ir. Uno es el deber por el deber, incluso por subsistir en su nombre. El otro al resolver y aclarar la situación. El primero cada vez me parece más implausible. El otro, más inevitable.

Por ahora.

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