El día que el mundo cambió, Dios sabrá a qué

Por eliminación y estadística vamos a presenciar durante nuestras vidas hechos históricos y personajes relevantes. Unos en su justa medida, y otros convertidos en hipérboles por los medios o nuestros prejuicios. O sólo por nuestra histeria.

Los atentados del 11 de Septiembre de 2001 pertenece al primer grupo.

Pertenezco a esa generación que nació cuando la URSS aún existía, pero fue demasiado joven para poder tener constancia de ello. Con pocos años le preguntaba a mis padres quiénes eran ese señor con acento tan raro que mandaba y el otro con bigote que le pedía que se fuese.

Sí, recuerdos para insistir que no hay prisa alguna en madurar y coger responsabilidades.

Aquella tarde hice lo mismo que cualquier otro: mirar confuso la televisión haciéndome preguntas. Cuando el segundo avión se estrelló contra la otra torre empezaron las alarmas. ¿Quién estaba detrás de aquello?, ¿volvería a ocurrir?, y lo más importante: ¿por qué nosotros?

¿Qué había salido mal?

Para bien o mal, la política volvió a ser considerada como algo más que una manera de regular el orden, cobrar impuestos, y destapar escándalos. Volvió a ser para la opinión pública la manera de analizar el papel global de cada uno y las ramificaciones y consecuencias de hasta el más mínimo tratado. De los atajos rápidos inmorales por alianzas inconscientes. De balas baratas por petróleo. Ha costado, y sigue costando, gobiernos y víctimas inocentes.

El mundo se transformó. Mi generación empezó a aprender conceptos como guerra santa, daño colateral o talibanes. Otros aquí escogieron tener prejuicios por miedo a gran parte de la población mundial por su religión. Por unos pocos estados inestables y fanáticos.

Afganistán e Irak, guerras fallidas, cientos de miles de muertos y atentados. La conversión del miedo a la primera divisa y arma política. El PATRIOT act, la captura de Bin Laden, etc.

La cultura se ha transfigurado reflejando estos hechos. Hoy se aceptan como válidos varios clichés: el del gobierno oscuro y manipulador, en nuestro nombre y por nuestro bien, que conspira y espía; y el de la destrucción más absoluta por un enemigo implacable hacia una sociedad maniquea. Incluso en una gran película como Guardianes de la Galaxia los productores y guionistas tiraron de ello.

Pero hay excepciones. ¿Queréis saber cuál es una de las pocas películas que supo aceptar la nueva realidad y tratarla con dignidad? La última noche (25th Hour, 2002, Spike Lee). Y, sí, va más allá de este monólogo que cualquier persona que haya visto la película recuerda.

Lejos quedan los tiempos de la “paz” y la burla de los 90. ¿Alguien se acuerda de la Yijad Carmesí de Mentiras Arriesgadas?

Estas manifestaciones culturales pueden dotar a realidades como improbabilidades a la mente más débil o desinteresada.

La historia se repite ahora con ISIS. Hoy, jóvenes occidentales se alistan a sus filas o hacen propaganda desde Europa esperando una invasión sin mesura. Un nuevo orden, ya conocido en realidad, de terror, anacronismos y crueldad.

Hace muchos, muchos siglos que nuestras acciones tiene consecuencias globales. Y viceversa. Creo que ya es hora de ponderar si lo que hemos conseguido, con o sin buenas intenciones, ha merecido tanto sacrificio y sufrimiento.

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