[Antiguo] Dios no yerra.

[Antiguo] es una selección de textos que publiqué hace mucho tiempo en redes sociales. Corregidos y adaptados, serán publicados periódicamente en este blog. Para ver más textos en esta categoría pulsa aquí.

(Este texto fue publicado originalmente el 2 de Mayo de 2013)

Taco Bell de Tribunal. Estoy sentado esperando a que me traigan la comida y reservando un sitio para los amigos. A mi izquierda hay un valiente zagal que cena con sus amigas. Lleva deportivas blancas, gorra y americana. Dios no yerra, castiga y crea dianas pensantes y andantes. Lo subvierte y compensa. Todo es cuestión de perspectiva.

De la misma manera que uno de los mayores logros de la creación con pantalón de camuflaje y sombra de ojos verde que está a su lado.

El tipo aúlla estupideces al mínimo comentario de la pobre chica que pueda atentar contra su persona. Por toda respuesta ella baja la mirada y sigue comiendo su burrito de dos euros. En un momento me mira y desvía rápidamente la mirada. Por un segundo. Y entonces te das cuenta de la jodida verdad y tontería del asunto: siente vergüenza. No de los comentarios, no del pobre imbécil, sino de sí misma. Consecuencias previstas de aspirar al mínimo común denominador. Consecuencias de elegir intentar ser feliz por la vía rápida, esa en la que sonríes y dejas tus principios y dignidad por el camino. Por qué no.

Otra pareja que se morrea brutal y adolescentemente, entiéndase por esto besitos con más baba que carne cuyo sonido se parece al que hacen las gambas al ser masticadas, se levanta y me pide que vigile sus cosas mientras van al servicio. Doy mi mejor sonrisa y acepto. Tienen suerte de haber elegido depender de la caridad de este desconocido. Madrid es divertido los días de fiesta. Tabaco y esputos. Gritos, risas y sorpresa. Tecleo frenéticamente estas palabras mientras contemplo la fila de personas que espera para ser atendida.

Somos ganadores. Occidente es para vencedores incivilizados y desagradecidos. Hemos prevalecido sobre nuestra propia estupidez y penuria y aún así vivimos enfurecidos con todo y todos. Como si esta ciudad tuviese cocaína mal cortada en la atmósfera. Como si el mundo nos debiese algo incluso antes de haber nacido. Como si nos definiese la palabra “underachiever”. Tanto da, capsaicina me espera. Después más.

Entonces me doy cuenta del día que es hoy. Dos de Mayo. Día de la Comunidad de Madrid. Aniversario del levantamiento contra las tropas napoleónicas. Y también segundo aniversario de la muerte de bin Laden. Bebamos.

Argüelles es uno de esos locales que uno debe ver antes de morir. Sus bajos están situados entre las calles Gatzambide y Andrés Mellado. Zona de fiesta. Distrito 9. Tan viejo como nuestros padres. Tan previsible como nosotros mismos. Lo ordinario follándose a lo extraordinario con otra pretensión y excusa. Recuerdo lo que pasó ayer, cosas de recurrir a la sobriedad como bote salvavidas en lo social.

A unas horas me encontraba observando la transformación de mis amigos en viejas imágenes que ellos prefieren desplazar, pero que acogen y abrazan con total naturalidad. Graduación adecuada mediante. En otras, fumaba y miraba a adolescentes pelear con gente de mi edad. Y discutir por cosas de la noche. A saber: nivel académico, ascendencia racial, herencia religiosa, costumbres sociales, orientación sexual, hábitos de consumo de estupefacientes (o no), etc. Todo desde un cándido clasismo desprovisto de pretensiones. Con la naturalidad y la inocencia de una actuación de la propia muerte: sin consideración alguna, sin reflexión alguna, sin duda ni miedo alguno. Actúas, piensas y hablas así porque eres así.

Entonces recuerdo una foto: Obama y su plana mayor observando el desarrollo de la Operación Lanza de Neptuno. Hillary Rodham Clinton asombrada y aterrorizada. Horas después de su publicación reconoció públicamente que se trataba de un simple estornudo.

Todo el mundo tiene sus historias. Todo el mundo tiene sus dramas. Todo el mundo quiere que los escuches, quieras tú o no. Hago mi habitual labor social y aparto a un amigo algo descontrolado del lado de una mujer a la que saco dos cabezas en medio de una enternecedora confesión. La chica, más concretamente una artista, me relata toda su historia. Piloto automático. Asentir, comprender, hacer las preguntas adecuadas. Desgranar, desmenuzar, vomitar. Es el proceso de siempre, y tengo bien asumido su utilidad y finalidad. No escuchas historias por conocer a esa gente, ni por simple morbo. Ya no tenemos veinte años.

Lo haces para ayudarles. Porque sabes que no tienen nada más. Porque es una situación que, sea cual sea la opción, está jodida de verdad: si cuentan su historia porque no tienen a nadie están jodidos, y si la cuentan a cualquiera con facilidad están jodidos y expuestos. Piloto automático. No por follar, no por intentar entablar amistad, no por convertirte en un recuerdo borroso de una persona que ha bebido más que tú y que al día siguiente te recuerde con las palabras “qué chico más majo, sabía escuchar. ¿Cómo se llamaba?” El bien como reflejo del alma. No por ser mejor que otros, sino por actuar hacia lo que crees correcto, riesgos asumidos. Haces lo que tienes que hacer: y si no puedes hacer bien las cosas, no las empeores. Si ves que una pobre alma desvalida (ja-ja-ja) no puede con su propia historia, quítale un par de piedrecitas de peso e intenta no tirárselas a la cabeza segundos después. Ya habrá otros, o ellos mismos, que les arrojen muchas más. Cada una peor que la anterior por no saber evitar ni aprender.

No creo que vuelva a ver a esa persona. Ni a hablar con ella. No es la primera vez.

Y da igual.

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