El extrarradio

Hace frío ahí fuera. No se nota que estemos en verano. No así. Tirarte ahora a la piscina supondría una putada: defensas abajo, el olor a cloro en el pelo calado haciendo que la cabeza pierda temperatura. Hace horas que la fiesta ha caído de nivel.

Desde donde estaba las mesas eran un caos. Los pocos sofás desocupados están ocupados por dos veces la cantidad de gente debida. No es confraternizar por follar, para eso ya están algunas habitaciones. Desde lejos se oye alguna nota aguda o se notan vibraciones esporádicas. Encuentro un sofá libre. Aleluya.

Doy gracias a que no ronco; es un sonido curiosamente molesto. Similar al de cortar un árbol a medio pudrir. En el sofá más cercano del amplio salón donde estoy hay un tipo con problemas respiratorios. Una pareja duerme en colchones hinchables de teletienda a dos metros de distancia, y con cada movimiento que hacen rechinan. Como colchonetas al sol en el mar, que queman y escurren. He de decir que es una buena manera de ahogar otra clase de sonidos. En la oscuridad una tipa de la fiesta dice si mi sofá está ocupado. Le digo que puede quedarse con la mitad. Enciendo la linterna del móvil y parpadea deslumbrada.

-No sé quién eres.
-No te preocupes. Yo tampoco.

Ese desconocimiento desliza una ironía que ella no capta por contexto. A los pocos minutos pregunta si le molesta que ponga sus pies sobre el sofá.

Nada de sonrisas torcidas de pollatriste ni bravuconadas de bar. Aquí se viene a dormir, bastardos.

Dos tipos entran a buscar sitio en las habitaciones cercanas. Buena gente, pero no tendrán suerte. Cerrojos y columnas vertebrales les impiden poder abrir cualquier puerta. Por ahora. Horas después de escribir el primer borrador de este texto vendrían dos amigos. Uno se derrumbaría en el otro colchón hinchable. El segundo sobre el otro sofá, respirando con la boca abierta. Con más esfuerzo del habitual diría yo.

Después cae al suelo y se arrastra. Le ayudo a levantarse. El proceso se repite. Él no para de reírse en todo momento. La chica del colchón hinchable me mira extrañada y le hago una seña de que todo va bien. Nada fuera de lo normal. Vuelvan todos a dormirse.

Todo esto viene incluido de manera implícita en las normas de las anfitrionas. Otras incluyen: no fumar en el interior de la casa, no molestar a los animales, recoger todo lo manchado y arrojado, y no traer drogas duras. Por esto se entiende todo lo que no sea hachís y marihuana.

Hay varios niveles de desajuste en esta última, pero es una norma lógica: incluso con los mejores componentes la gente pierde el puto control. No ocurre aquí, para eso ya está el alcohol.

Pero todo lo anterior no importa. El motivo de este texto es hablar de un curioso fenómeno que me lleva ocurriendo desde hace unos años: que por mucho alcohol que consuma mi sistema digestivo lo procesa hasta el punto que horas después los efectos desaparecen.  No hay resaca al día siguiente entendida como malestar físico y dolor de cabeza.

Tampoco he querido tirar del hilo y probar hasta qué punto esto se puede violar y mandar a la mierda. Cuestión de presupuesto. Cuestión de edad. Cuestión de sentido común.

Es una simple descompensación química cerebral. O eso es lo que supongo. Salvo los conductores designados y los abstemios, en este momento soy la persona más sobria de la fiesta.

No conozco a mucha gente, salvo al contacto que nos permitió venir aquí y a varios amigos suyos. Durante parte de la noche dos miembros del grupo han pasado por estados temporales de pura perplejidad psicológica. En ambos casos sólo ha requerido descanso. La típica pausa que sienta a gloria los segundos antes de notar las arcadas y la contracción del sistema digestivo antes de vomitar. Sueltas lo necesario y notas cómo tu garganta se quema. Tus cuerdas vocales sufren.

Es un simple símil, y no lo sucedido. En mi caso.

El caso es que al volver a pasar por ese proceso me ha hecho pensar: a norma contra las, indiquémoslo así, “drogas duras”, me ha hecho considerar la posibilidad de crear un experimento con dos grupos paralelos.

El grupo A tiene acceso ilimitado a alcohol, tabaco, comida, cachimbas (y el equipamiento necesario). El grupo B a todo lo anterior, más sustancias diversas (y el equipamiento necesario para posibilitar su consumo). Los apuntes de las reacciones deben centrar su atención en los flujos sociales según su ritmo, incidencias (violentas o no), repercusiones, y hábitos de consumo.

La idea es intentar ver qué creemos intentar conseguir antes, durante y después del consumo de sustancias en entornos lúdicos. Legales o no. Con o sin tabúes. ¿Son las mismas risas, los mismos lloros, las mismas tonterías, momentos épicos y polvos de reemplazo?

Dicen que en ultramar no imperan las leyes. Y que hay plataformas disponibles. ¿Inversores/voluntarios interesados?

imageEn nombre de la ciencia, estoy dispuesto a asumir el riesgo.

Hasta ese momento queda descansar y ver el lento amanecer por las ventanas del chalet situado en mitad de la nada. “Un lugar para perderse” suele ser la típica frase del mercado inmobiliario/turístico. En mi cabeza ese concepto se traduciría en un santuario alejado de La metrópoli donde escribir y armarla.

Quién sabe.


BILL, BILL, BILL, BILL, BILL, BILL…!

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