Protocolos de seguridad estivales

En las últimas dos semanas he visto muchas noticias relacionadas con el flujo de turistas que esperamos recibir en la campaña de verano. Algunas de ellas sobre medidas de seguridad. Dinero, estatus y más dinero como excusas para ser en ocasiones condescendientes.

Con casi 1 de cada 15 turistas del número total nacional tras las caídas del año pasado, es inevitable hacerse preguntas: ¿cuál será el presupuesto destinado a seguridad?, ¿varía proporcionalmente según el número del año anterior y las previsiones del presente?, ¿hay consejos sobre jet lag, sanidad, cuidado de la piel, etc.?. Y más importante: ¿los turistas vienen preparados y prevenidos a nuestra ciudad?

Y lo que quiero decir con esto es si en agencias de viajes, embajadas, o cualquier cuchitril con la autoridad suficiente de hablar de países ajenos a turistas potenciales les dan guías de usos y recomendaciones. Pequeñas orientaciones legales, advertencias de seguridad.

Mapas de los lugares considerados peligrosos. Métodos de robos y atracos. Y, en caso de que todo lo anterior falle, metodología clara para acudir a las autoridades. Información útil que da miedo primero y después confianza.

En esto que pregunto en uno de los puestos de información del centro, como visitante esloveno por un periodo de dos semanas acompañado de su familia y un inglés de acento errático, si en la ciudad hay áreas peligrosas. Me muestran un mapa, limitado al Distrito 1, donde califican la zona como segura y llena de policía. Es cierto, pero no citan los carteristas del metro, con o sin violencia física, o el uso de la burundanga. Y de paso el resto de Madrid deja de existir, o de convenir reconocer su existencia.

Me tranquilizan diciendo que mientras vigile mis pertenencias no hay peligro alguno. No voy a decir que no sea un mal consejo, pero es parcial. La experiencia y exigencias del consumidor turista deben amoldarse a las idiosincrasias de la ciudad, y no al revés.

El botellón sigue siendo una asignatura pendiente. Con facilidad encontramos casos en Debod y lugares abiertos similares. No voy a jugar la carta del falso profeta, pero una mierda en el suelo sigue siendo exactamente eso, venga de donde venga quien la tire.

Seria injusto equiparar las experiencias de nuestros visitantes sólo a esa clase de prácticas. La presencia de extranjeros trae multitud de consecuencias positivas mucho más allá de las económicas. La necesidad de contacto directo con otras culturas nunca sobra, en la misma proporción que ellos sirven para recordarnos la gran cantidad de lugares y cosas que tenemos y que no valoramos tanto como deberíamos.

O como mínimo, para tener nuevos exponentes en el mercado de la carne. O el de la droga, ya puestos.

Aún así, es uno de los miedos más comprensibles del nativo medio: que para algunos turistas este país, y esta ciudad, sean quizá sólo parques temáticos de alcoholismo patético y destrucción de la propiedad sin que los ayuntamientos pidan vigilancia a los cuerpos se seguridad.

No vaya a ser que alguien se enfurruñe y en Navidades no volvamos a poder decir que hemos sido líderes mundiales. Entre el susodicho estado policial y una simple cuneta llena de mierda en el sur de Europa hay que encontrar un término medio.

Y de paso insistir en el sentido común: incluso en la más apocalíptica de las noches se pueden vigilar las pertenencias, o como mínimo pedir a alguien de confianza que las guarde. Todo ello para no lloriquear al día siguiente y culpar a mi país de su gran delincuencia y suciedad.

Esta es una gran ciudad si se sabe dónde gastar e ir, y qué evitar. Tened puta cabeza.

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