La Proclamación

Estoy viendo la retransmisión de la proclamación en directo. La comitiva se dirige por calles del centro de la capital blindada. Un desagradable comentarista insiste en que pese a la coyuntura “es complicado” realizar el referéndum al estar fuera de la Constitución.

Claro. Al igual que la anterior reforma para poner en primer lugar pagar nuestras facturas que la dignidad de nuestras acciones para poder hacerlo.

He decidido no ir a los actos por mera pereza, aprovechando la festividad del Corpus. El horario de trabajo hace que madrugue y ponga la televisión en el momento justo. Serendipia histórica.

El comentarista sigue con su línea diciendo con voz gangosa que hechos desagradables recientes que no merece la pena recordar hicieron que la popularidad de Juan Carlos I cayese.

Todos hemos conocido a gente así. Gente con la cabeza tan metida por el culo que vuelve a asomar por el cuello. Gente que vive en un mundo de fantasía y odio a todo lo que no son ellos. Odio disfrazado de diplomacia pasiva agresiva. Su presencia desluce y lastra la seriedad del evento. Tras la Transición a medio gas, ahora nos toca vivir el recambio de monarca deprisa y corriendo. Sin debate ni consultas.

Todo aquello que involucre conceptos tan hipócritas como “disciplina de partido” ante votaciones parlamentarias queda desacreditado automáticamente. Los dos grandes partidos dieron ejemplo de por qué son menos necesarios cada día. El PSOE sólo sabe decepcionar de nuevas e incongruentes maneras a sus votantes.

Los otros ya tienen lo que esperaban: golpe en la mesa, aliento a mierda y migajas a fin de mes en nombre de Cristo/España/El Nuevo Rey.

Las hijas del nuevo rey miran confusas a su alrededor: los gritos, las banderas y los tiradores en los tejados. Ignorantes de que hagan lo que hagan nadie les va a parar ni decir nada en su contra. Libres de todo error porque ya lo tienen todo hecho y su papel en la historia será un pie de página minúsculo que unos tomarán en serio y otros ignorarán.

El desagradable comentarista se calla un momento. Ni una sola mención a voces disidentes ahora. Ni una sola imagen de banderas del pasado. Cualquiera que estudie periodismo, o tenga un poco de deducción, sabrá que en realización la herramienta de la distorsión en la realidad en favor de tus intereses vale más que saber de televisión.

La cámara del hemiciclo en el Congreso está impresionante. Me encuentro al sur del Manzanares y puedo ver la Catedral, el Palacio de Oriente y oír los helicópteros.

“Es inevitable que hagamos comparaciones”, gracias por darme pie de entrada, herramienta de propaganda gubernamental e ideológica con forma de presentadora. Empecemos con diferencias y similitudes, una de cada:

Ambos son imposiciones unilaterales dentro de un montón de conceptos e ideas. De nuevo vuelve a ser “Monarquía y concordia en España,  o… algo que no te vamos a ofrecer”.

Ambos fueron preparados desde jóvenes en mundos radicalmente diferentes: a la hora de la verdad Felipe VI no puede escapar de la noción, algo injusta pero inevitable, de que sólo es alguien que ha tenido que luchar bien poco. Alguien que nació y creció tras muchos sufrimientos y cambios.

Quizá ese sea el principal defecto o virtud de Felipe VI: no tiene nada por lo que luchar, ni nada que demostrar. Por ahora.

Oye, ¿quién te dice que no sea esa “mancha” una baza a favor? Nos han educado en la apatía, salvo para ser ágiles explotando lo que es bueno y escaso. En la ignorancia, salvo para inventar nuevas maneras de engañar a tontos y a nosotros mismos. Y en la falsa tolerancia y concordia, tirando siempre hacia nuestros propios intereses sin apertura mental.

“Sin duda es mucho lo que hemos avanzado […] hoy España es una democracia consolidada.” A costa del pasotismo, corrupción, la ley D’Hondt electoral, los niveles de desempleo, el fracaso progresivo del sistema judicial, las tasas bajas de educación, la situación y gestión de la Cultura, las luchas territoriales y nacionalistas, los niveles de inversión en investigación… sí, hemos avanzado mucho. En la dirección correcta, pero tímidamente y siempre atrás de los demás.

Incluso el momento clave del juramento es menos épico que el de su padre, lo cual es difícil de superar. Felipe VI dice amar nuestro país, su país. Y es difícil no creerle. El amor tiene muchos nombres y maneras, tantas como habitantes censados. La ironía es que resulta complicado, e injusto, despreciar al hombre tras el título. Como opinion personal siempre he considerado al ahora monarca como una persona acogedora, o como mínimo un buen ejercicio mediático y nacional de Relaciones Públicas al no haber tenido trato cara a cara.

La ambivalencia de ambas esferas destaca en el nerviosismo y los pequeños errores en su discurso. La mención a su madre, su educación y su viaje. A su esposa e hijas. A su patria. La manera en la que su voz tiembla, desconocida para muchos hasta el día de hoy, es sobrecogedora. Su última despedida en los idiomas del país. La presencia de los Padres Supervivientes de la Constitución.

Esta no es, como tanto estamos acostumbrados a ver, la perorata desprovista de humanidad corriente en la clase política. Es la expresión de amor de un hombre por su país en el momento complejo que nos toca vivir. No habrá referéndum, no viviremos mañana en un hogar ideal, ni tampoco en una utopía.

Los nuevos reyes salen del Congreso. Esta es la parte importante que será recordada durante décadas. La llegada hasta el Palacio de Oriente es una mera presentación en sociedad que será reflejada como ilustres materiales de archivo.

Por encima de banderas, razas, religiones, ideologías, culturas regionales, orientaciones sexuales y preferencias deportivas, sostengo con sinceridad que España lleva décadas intentando alcanzar un bienestar y concordia merecidas. A su ritmo propio y a su lógica concretas como signos de identidad nacional.

Que a pesar de las comparaciones injustas con el pasado y nuestros errores, y con el presente ante nuestros vecinos más desarrollados económicamente, no hemos dejado de luchar.

La moraleja de todo es que España seguirá siendo España. Con República o Monarquía. Con la bandera constitucional o la tricolor. Con una selección de fútbol de importancia mundial, o ya no tras la debacle de ayer. La sorpresa y el valor ante los retos son parte de lo que dejaremos a nuestros hijos. Siendo vigilantes, desconfiados, inquisitivos… españoles después de todo.

En miles de voces y posturas, con la fuerza mayoritaria de intentar dar diversidad al debate público por la mejora de la nación.

Y la moraleja vuelve a ser, visto el cambio de registro en la mitad de este texto, que las instituciones y símbolos no son propiedad exclusiva de quienes las aprueban. Que incluso en la oposición siempre hay valores y principios reconocibles.

Que todos estamos en el mismo barco. ¿Patriotismo? Siempre, y nunca limitado a la bandera y los deportistas de élite, sino a nuestra gran cultura, historia y tradiciones. España es el lugar donde nací y, si puedo verlo venir, donde quiero acabar mis días.

Y cuando eso ocurra espero poder decir orgulloso “Cristo bendito… ¿te puedes creer la cantidad de mierda por la que pasamos nosotros y nuestros abuelos?” Algo así.

2 comentarios en “La Proclamación

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