Los dos extremos

Un hombre lleva a su hija. Una joven, en el comienzo de la pubertad, que chilla y pide ayuda hasta para las mínima chorrada. Una embarazada descansa unos asientos a la derecha. Lleva más horas en pie de las que le gustaría. Tiene el pelo desarreglado por la prisa.

Pensamientos alegres hacia el futuro por un lado, remordimientos amargos por el pasado en el otro. ¿Adivinas el reparto?

Un bar céntrico, mezcla de nacionalidades y sesgos demográficos. Cerveza barata y comida de paso. El prólogo del viernes en el que los relaciones tientan a todo ser viviente con su pubcrawling.

Un grupo de turistas canadienses francófonos canta canciones con una guitarra española en Sol. Patinadores, músicos, magos, todos hacen sus trucos y funciones. A veces son ellos quienes animan la ciudad.

Una pareja sentada en un bordillo cenando comida rápida y mirando los balcones y las terrazas, viendo cómo se iluminan con el letrero de Tío Pepe en su nueva ubicación. Lo echábamos de menos. Las sonrisas de sus caras son estadísticamente inusuales. Son de las de aquellos que creen haber encontrado una de las razones principales y absolutas en sus vidas para vivir lo que les quede y morir después en paz.

Por el pasillo del metro un hombre recorre 10 metros en pocos segundos esquivando a una veintena de personas. Resopla aliviado dentro del vagón en marcha. En los tornos de la estación media docena de policías vigilan a los usuarios, ganándose la sopa en nombre de las órdenes de su superior. Hacia mucho tiempo que no veía tanto despliegue policial en mi barrio.

En el chino cercano a mi casa cinco menores juegan y gritan. Sus edades van desde la adolescencia a los 4-5 años. La mayor ríe tarareando Singin’ in the Rain por alguna razón que no conoceré.

Las calles huelen a desodorante, crema protectora, a cerveza barata, orina, goma quemada y basura recalentada. A las comidas de las casas y establecimientos cercanos. A la hierba húmeda y la brisa fresca nocturna.

Las terrazas están llenas. El ambiente cargado y sobrio a esta hora. Algunos con cierto color en su piel. Bronceado de tránsito con este tiempo. Tras el invierno y la errática primavera, el verano se acerca.

Bienvenido sea.

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