La inesperada Trinidad

Siempre he escrito mejor en movimiento. En transporte público por las arterias de la ciudad. Música atronando que dejo de escuchar en el momento de mayor concentración. Como ese medio segundo de aparente ahogo al descender de repente en una montaña rusa o al saltar desde una gran altura y caer al agua. Como cuando ves venir una hostia o una patrulla pasa más cerca de lo necesario.

La idea es que hay instantes en los que todo cobra sentido por poco tiempo. La realidad, el pasado y el presente como una única entidad. La historia es una linea recta con cientos de bifurcaciones que vuelven a la senda original tras desarrollarse, vivir y morir. Iteraciones y recursiones prostituidas. Empiezas a ver tu futuro, o uno de tus posibles futuros, al mismo tiempo. Como en Matadero 5.

Incluso los temores más grandes están ahí, como peajes inevitables. Pagas el precio, te largas y después olvidas. Localizas la herida, cauterizas los daños y recién sanado por la mano de la inconsciencia corres confiado a pegártela de nuevo. Esta vez de manera aún más imprevista, bíblica y desconcertante.

A veces esta perspectiva vuelve, con la misma intensidad que la noche en la que apareció por primera vez. Empiezas a descubrir que hasta lo que podías considerar más sagrado podría ser sólo un trámite. Breve, redundante y a la larga prescindible. Y el miedo regresa cuando con los años ves la facilidad creciente de asumir esa circunstancia y soltar lastre.

Está siendo un mes extraño.

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