Generación Impasse.

Me siento viejo. Empiezo a tener esa sensación mientras vuelvo a casa. Y pensando en ello no es vejez, sino la idea de ser inservible. De compararte con otros y ver hasta dónde has llegado tú. No sale bien.

A mi edad mi padre ya estaba casado y había nacido mi hermana, mi madre ya estaba esperando a que naciese. ¿Qué hemos conseguido nosotros?

Somos una generación impasse. Un punto muerto que no hace honor a las circunstancias tan mejorables que supuestamente nos vendieron de jóvenes. Las estructuras sociales y educativas han resultado ser fallidas en comparación a lo que nos hicieron creer, y lo que nos forzamos a creer. Empieza con ilusión, sigue con una progresiva pero soportable serie de previsibles decepciones, y finaliza con estupor, furia y lágrimas. Supuestamente debería estar agradecido por poder contar con unas prácticas universitarias tras años sin encontrar empleo. Y no lo estoy.

Como con las cosas importantes, el enfoque es siempre a corto y largo plazo: en unos meses cuando las finalice, junto con mi carrera, me encontraré igual que un año atrás. Sólo con menos dinero por los costes del título, más confusión por incertidumbre, y más desesperación. La ilusión de vejez por notar cómo la cantidad de recursos y opciones con las que contabas mueren y fracasan uno tras otro, convertida en ansiedad. Es ahí cuando todos los cientos de problemas pequeños e insignificantes se juntan y te aplastan como un tren de mercancías en llamas recordando a dónde has llegado, lo que creías que eras, y lo que podrías haber hecho. Transitorio, angustioso, necesario.

Cuando miro a mi entorno y veo las motivaciones de cada uno, en pocos casos veo más que una filosofía de simple subsistencia. De medrar, engañar, robar, estafar al sistema criticando las leyes que quizá en otra época defendieron cuando tenían menos. O peor aún que todo lo anterior junto: conformarse, limitarse, y negarse a tomar riesgos. Cuando mentes brillantes y potenciales explotables deciden rendirse y limitarse al sueldo mínimo y un cuchitril para vivir, tú y los tuyos habéis fallado.

Universitarios cuyas trayectorias profesionales se perfilaron en esa peor época posible para tomarse nada en serio llamada adolescencia, exiliados por necesidad que en su mayoría tiran por tierra su preparación en el extranjero, desempleados y elementos marginados del sistema. No estoy diciendo que todo esté perdido, todas las épocas de crisis previas han sido mucho peores. Es la sensación de duda y decepción hacia ti mismo.

Saldremos de esta, algún día y de alguna manera, pero hoy es uno de esos días donde no veo final posible a esta situación. Y es ahora más necesario que nunca mantener la mente clara y despejada de cualquier clase de idea que pueda resultar catastrófica.

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