El Zagalín y la Lideresa

Siempre hay famosos por Madrid. Las primeras veces que te los encuentras no sabes qué hacer. Nervios, incomodidad, euforia o desconcierto. Pasé mi primer verano como mayor de edad trabajando en un restaurante cerca de la embajada americana, y pude familiarizarme con la idea y de cómo comportarse en situaciones así.

Años y años de recorridos por la ciudad te hacen asimilarlo y ni siquiera mencionar a quién ves dónde y en cuál lugar.

No todos actúan así.

Tras la emisión de Alaska y Mario, la serie documental de la MTV, el portal de su residencia en el centro de la capital se convirtió en lugar de peregrinación. Jóvenes, muchos de ellos menores, se acercaban para poder buscar espejismos de fama.

Ahora os contaré un relato en el que combino detalles y experiencias vistas en la zona durante meses. Hechos que hasta el día de hoy siguen produciéndose.

Os presento a Zagalín, miembro de un barrio de la periferia. Su conocimiento del centro de Madrid se limita a los cuatro lugares turísticos de fama nacional, las entradas del Metro y los lugares donde hace botellón los findes intentando meter cuello a la que toque. Zagalín lleva con orgullo una gorra de precio sobredimensionado perteneciente a la marca que los sabios han decidido poner de moda el presente mes. Y vigila que la pegatina, indicador supremo y absoluto de su autenticidad, brille como el primer día.

Nunca se sabe cuándo puede venir alguna chica risueña a decir “lo guay que vas, tío”.

Ambiguo sexualmente, como miembro del peligroso colectivo conocido como menores de edad, espera el fin de la pubertad y cruza los dedos para que su testículo izquierdo baje del todo. Para poder decir adiós a esa voz aguda que hace que sea tan imposible tomarle en serio. Para intentar atraer a cualquiera que no sea menor que él.

Como su grupo de amigos, es altanero, insolente y dedicido a la manera que ha visto en pequeños y mayores toda su vida: en grupo y/o con los más débiles. Porfía con regusto pero es incapaz de mirar a los ojos ante quien le desafíe o le pida que deje de hacer el idiota.

El mundo es suyo, ¿no?

Por otro lado la Lideresa, que espera poder entrar pronto a la universidad. Ella y sus amigas hacen la misma ruta: Starbucks para consumir frapuccinos, Bershka/Desigual/Mango/Lefties para comprar ropa con la que poder distinguirse entre ellas y al mismo tiempo hacer piña, y de paso pedir cigarros poniendo morritos y endulzando la voz. La mayoría de las veces sin resultado.

Ella conoce a Alaska por esos programas tan raros que veían sus padres y su hermana mayor en la televisión años atrás, por tres canciones cuyas letras recuerda a duras penas y porque es la esposa del tipo de la sintonía de Sálvame. O eso dice.

Sus amigas son todas y una a la vez. Ella lo sabe, y ve próximo el día que busque nuevas amistades. Gente que pueda respetar. Sabe que es capaz de más. Grandes aliadas en el insti. Guardianes y protectoras de babosos, ejecutantes nivel usuario de la vieja táctica de darse piquitos entre ellas fingiendo ser lesbianas. O como mucho una bisexualidad borderline que no entienden y les hace meter en el mismo saco de frivolidad a quienes si ejercen esas orientaciones de manera sincera. Siempre le ha repugnado esta tontería. Ella es la única del grupo que ha perdido la virginidad con alguien que se pueda considerar respetable.

La Lideresa encuentra la calle y el portal gracias a una visita rápida a yahoo answers y a twitter. Un vecino sale a tirar unas bolsas de basura. Ella se acerca e intenta mirar dentro, viendo sólo oscuridad. Estudia los timbres intentando deducir por los planos del programa y las fotos que ha visto cuál piso es. Es decir, “el balcón con los flamencos rosas”. El vecino vuelve, abre la puerta y ella intenta entrar. Este lo impide y les dice que se vayan.

Por su cara no es la primera ni la última vez que va a pasar.

La Lideresa vuelve triste hacia sus amigas, que la esperaban cohibidas y expectantes metros atrás. Por el momento se conforman con hacer fotos del portal y el balcón en la distancia.

Zagalín ve una oportunidad y se acerca.

-Hola.

La Lideresa se gira.

-Hola.
-¿No te ha dejado entrar? -pregunta él, consternado.
-No. Me ha dicho que no puedo entrar. Que es propiedad privada y eso.
-Haber dicho que venías a visitar a Mario y Alaska. Habría colado, y más en una chica guapa como tú.

Ella sonríe. La sonrisa de una mujer puede decir mil cosas. Esta se queda en un “ni con un puto traje espacial te toco, tío”.

-Ya…
-¡Mira! Ahí va otro. Voy a ver si cuela.

Un mensajero aparca su moto en el portal y baja hacia la puerta. Llama a un timbre y entra. El Zagalín yerra en reflejos y no consigue llegar a la puerta antes de que se cierre.

-Casi…
-Vaya, hombre.

Una amiga de la Lideresa sugiere.

-Me han dicho que dentro del edificio hay dos escaleras. Creo que es la de la izquierda.

Otra amiga suelta obviedades.

-Deben estar cansados de ver gente así.

Un amigo del Zagalín deja en constancia lo siguiente:

-Mi hermano me contó que vino con sus colegas y se pusieron a tocar la guitarra aquí a ver si salía alguien.
-Hala, ¿y que pasó?
-Un librero hijoputa les llamó mariconas y les dijo que se fueran.
-Oh…

Otro amigo del Zagalín interviene.

-Probad a llamar a todos los timbres. Si reconocéis la voz de algunos de los dos, es ese piso.

Una amiga de la Lideresa se adelanta. En su cabeza el plan parece simple. En la realidad toca todos los timbres a la vez. Caos, insultos, recordatorios de los vecinos de que se larguen. Un par de persianas se suben, otros se asoman a sus balcones. Algunos de nuestros héroes de la presente hora saludan con descaro.

Finalmente, llega un taxi y aparca en la puerta. El momento que esperábamos. La pareja de gala sale del edificio. Gafas de sol, elegancia. A título personal me sigue impresionando la complexión, garbo y altura de Mario Vaquerizo. Es casi hipnótico. Las niñas estallan en euforia, los niños les empujan a que se atrevan a acercarse. Van disparadas.

-Mario, hazte una foto con nosotros.
-Lo siento, chicas. Tengo que irme.

Alaska le espera en el coche. Con una sonrisa breve se despiden y desaparecen en menos de 15 segundos dirección Gran Vía. Lloros, emoción, posteos histéricos e inmediatos a twitter. También insultos y rencor.

-¿Te puedes creer que no se haya parado?
-Joder.
-Mira la otra cómo está. No sé cómo puede tener un hombre así.

Zagalín inserta una nueva bala en la recámara.

-¿Os hago una foto a todas en el portal?

La Lideresa le mira con el mismo aprecio que a un captador de una ONG al que vas a rechazar y que intenta cortarte el paso.

-Va, pero espera.

Antes de irse deciden hacer historia, y firmar con rotulador en la pared del portal, que se ha covertido en un improvisado libro de visitas.

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-Ya, dale.

Zagalín hace la foto. Dos veces, puesto que le tiembla el pulso. La Lideresa se acerca a ver el resultado. Sin devolver el teléfono, él se la juega.

-¿Te paso mi facebook?

La Lideresa sonríe y se desquita.

-Ni con un puto traje espacial te toco, tío.

Ella recupera su teléfono. Zagalín se queda en el sitio. Sus amigos petrificados junto a él. Asimilan el golpe y esperan a que ella y sus amigas estén a la distancia suficiente para poder hablar en libertad. La Lideresa desaparece, sin inmutarse.

Tiene una ciudad que disfrutar, y pocas chorradas que aguantar.

Mis amigos y yo, testigos de estas y otras vivencias, nos partimos de risa. Hay justicia. Hay amor.

Otra razón más para adorar esta jodida metrópoli.

6 comentarios en “El Zagalín y la Lideresa

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