A cautionary tale

Este es mi último año de universidad. Un extraño epílogo en el que paso página y comienzo otra etapa de mi vida. Muy diferente, mucho más dura, y peor. Mientras tanto, en las ocasiones que visito mi facultad y el campus recuerdo situaciones e historias que he presenciado, protagonizado o escuchado.

Esta es una de ellas. Ni triste, ni alegre. Ni buena, ni mala. Sólo es de esas que te hacen pensar. Y la recibí a través de quien la vivió. Tened en cuenta de que en circunstancias así es posible que detalles sin confirmar, personas, o la propia totalidad de los hechos sean falsos.

En tercer año de carrera conocí a una estudiante que durante meses se estuvo tirando a un profesor del campus. Según aseguraba ella, la relación comenzó a los pocos meses de conocerse en la facultad.

Entiendo fácilmente que el poder atraiga. Que la superioridad aparente en la jerarquía de la enseñanza produzca indigestiones mentales y tontería crónica u ocasional. Entiendo la idiotez de jugarse la carrera, y el empleo/estatus social, por un simple capricho. Pero no acepto a título personal empezar una relación (sentimental o sexual) con alguien en tu centro de estudios o trabajo.

Será porque intento mantenerme a mi aire el mayor tiempo posible, porque la diplomacia y la corrección política me aburren. O la necesidad de tener independencia. No me gustaría jugarme grupos de amigos/compañeros de carrera por un par de embites a lo tonto.

La relación pasó de cucamonas y miradas por las clases, los pasillos y la cafetería en salir por la ciudad. Ella, estudiante de provincias recién llegada a la capital, abría la boca con asobro descubriendo las maravillas. Cafés tertulia supervivientes, monumentos, arte, apariencia. Maestro y guía turístico a jornada completa, amante ocasional.

Como nos pasa a todos a veces, cuando se consigue consumar sexualmente tras tiempo de conquista con trampas o valores el interés puede decaer en picado. Escenas postcoitales incómodas donde no se sabe qué hacer con quien tienes al lado.

Previsible, y no por ello deja de ser risible.

Sus amistades más cercanas y recientes estaban divididas: una parte quería que se despreocupase, que follase hasta más no poder y que se divirtiese; la otra le advirtió de que si se pasaba lo lamentaría. Su familia, como con otros asuntos más importantes (horarios, rendimiento y economía doméstica) desconocía la situación. Hasta donde yo sé aún sigue siendo así.

El entusiasmo fue desapareciendo. Primero él, distanciado y aburrido buscando centrarse en su carrera (bajo la sospecha perpetua de ella de que intentaba buscarle sustituta); y después de ella, que cambió su target demográfico y pasó a relacionarse con gente de su edad. Nuevas experiencias, nuevos problemas. Menos riesgos, más conformismo y seguridad. El mismo plato cocinado de mala manera, pero distinta al anterior.

Hasta terminar por no hablar del tema, cortar toda relación, y omitir la cronología.

Sentados en un parque años después escuché esta historia. Las palabras salían con un tono de ligero escarmiento y vaciado de melancolía. Como recordar una tormenta imprevista que arruinó una fiesta campestre que había preparado con mucho cuidado. Como una cicatriz cuya herida que la provocó ya has olvidado.

Como otra persona más que te has follado y sigues sin creerte las razones que elegiste para ello.

Una mente más débil podría haber interpretado este momento de sinceridad como una invitación velada para follar. “Si está en horas bajas y te cuentan milongas así no es para nada más, Víctor”. No es así. Es el reflejo instintivo de esputar recuerdos que te asaltan sin quererlo. Darlos salida y dejarles ahí. Desahogo y liberación. Y es recíproco. Somos creadores y receptores de historias y relatos.

Un par de meses después de aquella tarde se largó del país con beca Erasmus.

La última vez que vi a esa persona fue el curso pasado. Mucho más cambiada y madura. Otra persona diferente, nada que se parezca a como cuando entró en la universidad.

¿Por qué recuerdo esto? No lo sé. Quizá se trate de melancolía o de nostalgia. De contar esto ahora y dejarlo reposar para siempre. Como cualquier historia que no recuerdas con detalle pero cuyas moralejas y enseñanzas no olvidas jamás.

“A cautionary tale”, como dirían en la lengua de Albión.

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