Simulación apátrida

Hay un regusto sádico y amargo en la crítica. Alimentada por el odio se transforma en una bestia, en una enfermedad de difícil cura si se tiene carácter débil. Y los hombres débiles surgen cuando subsisten de plagas como el odio día tras día.

Vivo en un país donde es pasatiempo nacional la crítica por inercia. Las razones del odio y la chanza hacia lo nacional y patrio se basan en razones culturales equivocadas: nuestro folclore y tradiciones son vergonzosos porque así lo hemos decidido. El legado de generaciones anteriores queda anulado por un sueño mal digerido de cosmopolitismo. Como un niño tonto y confuso que reniega de su familia cegado por la necesidad de mantener las apariencias. Por intentar complacer desde el autoodio.

Y nunca sin saber el coste de ceder a su propia identidad.

Vivo en un país donde la clase política es perpetrada y perpetuada tal y como nos la quieren hacer entender. Donde la gran fiesta de la Transición se quedó a medio gas, y la abstención es incipiente. Cuando los grandes poderes son aceptados en sus excesos por apatía, rutina o espíritu no de supervivencia sino de subsistencia. Política por odio y oposición, no por ideas propias.

Nadie cambia nada porque todos queremos que lo haga otro.

Vivo en un país que perpetúa formas de incultura con criterios hipócritas. Que admira y ansia tanto como odia el éxito. Que vive con sospecha perpetua hacia todos aquellos que prosperen más. Que recompensa la mayoría del tiempo a quien no debería, para después hacerle sangrar.

Sólo con palabras, nunca con hechos.

¿Y sabes qué? Amo mi país. Amo aprender sobre su historia y su legado cultural. Venimos precedidos de siglos estúpidos de brutalidad, crimen, fanatismo y sociopatía. Hemos trascendido los viejos órdenes. Avanzado cultural y tecnológicamente. Y nada parece ser nunca suficiente.

Siempre tengo tiempo para escuchar a los que aborrecen este país. A los justicieros e iluminados que usan tópicos y elementos culturales, políticos, históricos y sociales para intentar decir nada. Tengo la misma paciencia que con predicadores enajenados. Que con cualquiera que base su retórica en cagarse en mis muertos por cometer crímenes de pensamiento y heterodoxias. Los mismos que votan, consumen y perpetúan las tonterías que usarán como combustible para desbocarse. Con gilipolleces del tamaño de una catedral.

Los escucho porque ellos también pertenecen a lo que entendemos como nuestro país. Los falsos inconformistas para los que todo es poco. Los resentidos de base que oscilan entre la risa y la cobardía.

Sólo entre la comprensión de la mayoría se puede llegar a alguna parte. Y digo mayoría porque poco idealismo me queda para pintar un final feliz anticipado y forzado. No ha funcionado ni lo hará.

De la misma manera que habrá siempre gente feliz sin motivo alguno habrá bestias alimentadas por odio. Desde la cuna hasta la tumba. Y creo sinceramente que podemos aspirar a mucho más de los que nos harán creer durante nuestras putas vidas.

Es así.

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