Tommy Mel’s y el por qué de necesitar más chili en tu vida

Es gracioso. No suelo ir a restaurantes. Es algo inusual dado que el presupuesto con el que cuento se va en tabaco, tonterías y diversiones. Es falta de previsión, por eso las pocas veces que accedo pongo atención en los detalles. En ver si volveré al lugar de turno o si se ha tratado de otro establecimiento más.

Tal y como yo lo veo, hay dos tipos de restaurantes: los del tipo 1 preparan recetas asequibles que fácilmente podrías elaborar, y recurres a ellos por pereza, circunstancias o comodidad ya que no siempre hay ganas de cocinar; los del tipo 2, la minoría, representan excepciones: sus materias primas, firmas, presentación y precios los hacen casi inalcanzables. Nueva teoría y práctica de la cocina, modas y métodos de última generación, nombres propios y facturas desorbitadas.

Con tal clasificación es fácil decir que los del tipo 1 no merecen la pena. Y sería una tontería muy clasista.

Tommy Mel’s lleva unos cuantos años de expansión comercial. Mientras escribo esre texto falta poco para la inauguración de otra sucursal en Gran Vía. Restaurante de inspiración en los 50 y décadas posteriores.

Invitado a regañadientes por la persona más cercana que conozco a los ideales de Batman, recorro la carta buscando grandes cantidades y chili. Como los nachos, los cócteles o saber tirar una cerveza son cosas que en este país escasean. Hay pocos puntos de venta donde puedan conseguirse las salsas o tortitas de maíz. Comprar y especiar la carne es fácil.

Así que pruebo una hamburguesa llamada Atomic y a lo primero que muestro atención es que se puede sostener. Que el pan inferior no se ha convertido en puré grasiento por el peso de los ingredientes. No suena ningún contador de Geiger. Miro el cuarto de kilo de carne y pienso en la cantidad y peso de una ración responsable de carne roja: una baraja de cartas aproximadamente. Si tienes éxito en no recordar esta y otras informaciones de sanidad y consumo, serás recordado como un héroe.

La música, grandes éxitos del rock clásico, permite hablar. Los uniformes son sencillos y elegantes, rosas para ellas y azules para ellos. Danzan coordinados entre las mesas, la barra y la recepción. Pese a estar en pleno centro, y en mitad de la semana santa, no tardamos mucho en conseguir mesa.

Patatas con más chili después. ¿Qué sentido tiene? Recuerdo cuando me empecé a fijar en estas cosas. Fue hace unos años, en el estreno de Transformers 2. Antes de ir a comprar cubos de pollo, Mountain Dew (el de aquí, no el original) y demás me fijé en latas de chili. Ya sabéis, marcas de preparados. Esa clase de sabores tan únicos que no vuelves a dirigir la puta mirada más a los estantes donde sospeches que los puedas encontrar. No es difícil prepararlo y está bueno, ¿por qué no tiene más extensión aquí?

No hay tiempo para pensar. Hay actuaciones en directo. Son buenas, pero no puedo aplaudir. Si lo hiciese llenaría mi cara, y las de aquellos con los que ceno, de carne y salsas. Cuando me da tiempo a secarme las manos ya han terminado. No importa, repiten el número cada cierto rato. Los camareros hacen una pausa para tomarse un chupito. No teníamos esto donde yo curraba años atrás, cerca de la embajada americana, en la época donde todavía acudía a cibersalas. Buenos tiempos. Aunque, siendo justos, en ese trabajo cada vez que era el cumpleaños de alguno de nosotros, desde el jefe de sala hasta el último friegaplatos, nos dejaban servirnos de la barra y las existencias del bar.

¿Con sólo un plato y unas patatas he podido comer bien? ¿En serio? En otros lugares tendría que estar repitiendo, o pidiendo más acompañamientos. Decido probar algo llamado Pickled Tink, y durante un rato le doy vueltas a la cabeza. Ese nombre me suena de algo, de alguna parte…

Ah, coño. Bien. Alguien pide un batido con manteca de cacahuete. Pido probarlo, recordando la primera y última experiencia que tuve con ese ingrediente. No hay sustos, no pasa nada, todo está perfecto. Al final de la cena me pregunto por qué no voy tanto a restaurantes como me gustaría. Siempre está bien compartir ocasiones así con gente gentil.

Y hablando del pasado, tengo ganas de volver al Fallout 3.

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