Fuck

Cuando escribo estas lineas el campus de Moncloa de la Complutense empieza a llenarse de personas con grandes bolsas repletas de alcohol. Coches vienen y van dejando las cargas en puntos señalados mientras la policía espera desde sus posiciones.

Es una ocasión especial y una tradición. Grupos numerosos se resguardan bajo la entrada de mi facultad por posibles lluvias. 

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Si el tiempo empeora en unas horas habrá carreras por los terraplenes del cesped con gente borracha. Veremos. Mientras tanto en la puerta de mi facultad hay un puesto de libros y demás materiales audiovisuales. Ayer también estaba. Ayer fue San Jorge.

La anunciada huelga de los trabajadores de la Fnac surtió poco o ningún efecto tanto en el interior del establecimiento como en los puestos de libros en la calle. Para cubrir cualquier eventualidad se contrataron sustitutos.

El día del libro sirve, entre otras muchas funciones, para recordar que leer es una necesidad vital. Como follar, comer o respirar. Cada uno tenemos nuestra propia metodología y costumbres, el trasfondo es el mismo.

La misantropía que todos presenciamos y/o experimentamos en algún momento de nuestras vidas pierde toda validez cuando recordamos que hay tantas y tan variadas maravillas a nuestro alrededor. Tantas cosas por aprender y descubrir.

Pasamos por un momento por Callao y vemos un puesto de una editorial de facsímiles. Editan manuales de siglos atrás con propósitos tan curiosos como aprender a fumar y encalzonar pipas, tratados de verduras y legumbres, registros de las actividades de la Inquisición, etc.

Frente al cine Callao un puesto receta libros según nuestro criterio, personalidad o trayectoria. Frente al cine Capitol la multitud saquea saldos. Junto a Sol un empleado de El corte inglés arenga a una gran fila de personas que esperan para que sus libros sean firmados a que aprovechen y se lleven más libros.

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Su tono es un calco que el de un feriante de pueblo de provincias. Amas de casa y jubilados sonríen con incomodidad al oírle. A pocos metros aficionados del Bayern esperan para ir al partido, incautos de lo futil de su viaje teniendo en cuenta el previsible resultado que vimos después. Hala Madrid. Se hace de noche y el tiempo perdona. Por el momento.

Al salir de una presentación para un curso de narrativa me encuentro con el caos. Hay un ritmo salvaje frente a mí. Al salir de la facultad el personal de seguridad me advierte que sin documentación que pruebe mi pertenencia a la universidad no podré entrar de nuevo.

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Narrativa de videojuegos y Hotline Miami, por qué no. Mi plan original era llevar de atrezzo el bate de béisbol y la careta ensangrentada. No lo hice.

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Y lo habría puesto así.

Veréis, la Complutense tiene sus propias normas. Una de ellas incluye la aleatoriedad a la hora de entregar el carnet de alumno. Conozco gente que lleva estudiando casi una década que no lo ha recibido aún.

Sonrío al considerar como válida la opción de mostrarles el último recibo de la matrícula.

Tanto da. En el exterior hay cientos de personas. Múltiples puestos de venta de alcohol. Más personal de seguridad (CIS) y la policía. Un pick up de Rockstar es asaltado por un par de docenas de personas. Hago cola y recibo una lata.

Es ridículo. Es la parte reptiliana de mi cerebro diciendo “APROVECHA Y SAQUEA A ESOS BASTARDOS QUE TE REGALAN COSAS”. Es obligación, y tradición. Es jugártela como en los Tres días del Cóndor, tema del que ya escribiré. En cuanto puedo me libro de la dosis extra de cafeína. Odio esta mierda. Odio no poder quedarme toda la noche.

La gente silba a los coches que intentan abrirse paso. Y después empieza a llover. Carreras, caídas, más caos. Mientras grabo y hago fotos uso mi paraguas. Una costumbre antigua me dicta tener el ejemplar más grande posible. Un par de personas lo llaman sombrilla mientras corren intentando no resbalar por el asfalto mojado. Tienen razón.

Un pequeño grupo de tres estudiantes de primero de medicina se refugian debajo tras pedir permiso. Les digo que de acuerdo. Que sujeten mi gran, glorioso y jodido paraguas mientras sigo tomando fotos y fumando. Un trato es un trato.

La lluvia les ha pillado de sorpresa, el frío y la humedad no les afectan por lo que llevan encima. Uno de ellos llama por teléfono a un colega sin éxito, y empieza a decir que no hay cobertura sospechando de posibles inhibidores de señal. Una tontería, ¿qué sentido tendría cortar comunicaciones cuando está claro que alguien necesitará una ambulancia tarde o temprano? Será así, y sonrío otra vez mientras apuesto mentalmente, y contra mí mismo, los minutos que tardaré en ver pasar la primera.

La segunda estudiante mira con disgusto el resultado de un resbalón en el barro. Sus shorts están llenos de mierda y sangría. No entiendo su nombre cuando se lo pregunto. Su mano tiembla y no es capaz de mantener el paraguas recto. Sus ojos están enrojecidos. Sus pupilas normales. La buena vida, primo.

La tercera parece la persona más sensata. Habitual en situaciones así, les repite que se calmen, callen y beban. Esa es la manera de ir de fiesta. Busca un puesto donde vendan tequila y vodka. Dice algo de un experimento que quiere hacer, basado en una idea que le sobrevino durante su examen. Me confiesa que ha tenido un examen justo hoy y que no le ha dado tiempo a comer. Bravo. Un estómago vacío valora y acoge mejor el alcohol, ¿no?

Cuando termino les dejo a cubierto y les deseo suerte. El tráfico en la Avenida Complutense está casi cortado. Deja de llover. Más tabaco. Me tiembla el pulso, no por nervios sino por adrenalina. No debo quedarme. A la mierda. Es ridículo, no tenía esa sensación desde el primer verano que empecé a trabajar y a salir por Madrid de noche. Fue a los 18 años. Me perdí muchas ocasiones así en lugares que luego descubriría, reciclaría hasta aprender y tener un criterio formado para la noche.

Antes de terminar el cigarro y entrar en el metro oigo por fin la ambulancia. Win win, cabrones.

Bebed y festejad por todos aquellos como yo que no puedan por obligaciones o salud. Amén.

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