Hacer un Sodoma.

Todos los días al volver a casa paso por un mismo lugar: una intersección de calles concurridas que en uno de sus semáforos tiene siempre ramos de flores, velas o coronas. Es un lugar de recuerdo para un atropello y fuga que hubo hace unos años. La iglesia del barrio hizo una parada en la procesión de Semana Santa para honrar la memoria de la persona fallecida allí.

Para llegar a ese lugar tengo que avanzar por una larga avenida donde los servicios de emergencias y la policía atendieron a un pobre anciano que tuvo un ataque cardíaco. El hospital de campaña y los coches patrulla estuvieron instalados allí durante un par de horas hasta que se certificó su muerte. Horas después, entrada ya la madrugada, el cadáver seguía allí junto a los agentes y los miembros del Samur a espera de que un juez lo levantase.

Esta clase de situaciones te hacen pensar. Es curioso cómo en las filosofías orientales, o en el buenrollismo más básico y masticado posible, las malas sensaciones/ideas/sentimientos son descartadas como elementos que inducen a la destrucción moral o espiritual. Maniqueísmo metafísico estúpido, y un jodido error de base. Necesitamos aprender de cosas así. Necesitamos valorar las partes más desagradables de nuestra forma de ser y del mundo para poder llegar a alguna parte.

Hace un par de semanas asistí a una fiesta con un grupo de personas con las que estoy empezando a entablar amistad. Resultó que una de ellas también conocía a otra persona, cuyo nombre ni datos diré, de la que os voy a hablar ahora. Muchas veces he insistido en el paradigma de que en una sociedad cada vez más comunicada e interconectada ciertas personas necesitan alcanzar ciertos extremos para poder alcanzar relevancia.

Si eres una persona normal, corriente y hasta educada las probabilidades de que alguien se acuerde de ti son casi nulas. Eres lo que tienes, produces, dices y haces. Y cuanto más esperpéntico, trágico, polémico o estúpido peor.

Por ejemplo: ayer vi en Tuenti cómo un comentario cándido e inocente sobre el debate de la ley del aborto y la igualdad de género se convertía en un cruce de insultos y acusaciones. Conozco a varias personas que le insultaban, y que no seguían su cuenta, de la manera más simplista posible. Esto me dio que pensar: ¿qué hacer cuando un conocido tuyo bordea la pura estupidez?, ¿o la ira más insulsa posible?, ¿cómo poder mirar a la cara a alguien, o visitar su perfil en su defecto, y seguir teniendo la misma cantidad de respeto previo tras cosas así?, ¿es de sabios advertir que “sois capaces de más” o callarse y ver hasta dónde llega la pataleta?

Volvamos al tema principal. El caso es que la persona cuyo nombre no desvelaré me confesó graves problemas personales, sanitarios y amorosos. Cuestiones que sólo sus amigos más íntimos o sus familiares deberían saber. Situaciones venidas de antiguo sin solución visible a corto plazo. Un entorno desestructurado en todos los aspectos en una persona que sólo busca atención. De las maneras más básicas posibles. Y no, no se trata de alguien que no tenga ayuda. Tampoco de que no haya recibido consejos. Por lo que pude averiguar, esta persona lleva años escuchando las mismas advertencias y consejos sin hacer nada. ¿Por qué?

He de reconocer que casos así me producen curiosidad. Que cuando se trata de gente que produce una mala primera impresión intento esperar lo suficiente para ver si hay cosas que merezcan la pena. Es hacer un Sodoma. Es valorar la probabilidad de redención, cueste lo que cueste y lleve el tiempo que corresponda llevar. Si no es así, Dios castigará. Al menos esa es la versión oficial.

Últimamente me pregunto hasta qué punto los criterios para sentirnos heridos, trágicos u ofendidos se han devaluado. Estamos demasiado acostumbrados a dos extremos: que nos den la razón en absolutamente todo con el riesgo potencial de acabar cagándola porque en el fondo no importamos nada a esas personas, o que a la mínima disidencia nos destrocen y evisceren (siempre de forma literaria y a través de un ordenador, ojo) con o sin provocación previa. Me comentaban varios amigos que cuando publican cierta clase de contenidos en sus perfiles siempre hay un grupúsculo de personas que viene a criticarlos y a burlarse.

Y que detrás de toda esa risa y agresividad sólo hay un gran sentimiento de inferioridad y rabia. Internet provoca monstruos por confusión, comparación, chanza y tontería.

Intentad tomaros las cosas menos en serio. Al menos las que no importan, joder.

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